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Caminaba ya desde hace un rato sin encontrar nada que se pareciera a lo que andaba buscando, y sin embargo no se preguntaba por qué no hallaba lo que buscaba. Sólo se dedicaba a oír el chirriar de los árboles, cuyas raíces se retorcían con el amargo sabor de la sangre que impregnaba la tierra de aquel bosque. Por fin apareció el objeto de su búsqueda, el cadáver de Sir Baruk. No sintió escalofrío alguno al ver su rostro completamente desfigurado; si acaso sonrió al ver como uno de sus ojos era atravesado por un gusano enorme y blanco. “Buen trabajo” susurró al viento mientras arrancaba un anillo a la víctima. Se apresuró a ponérselo y dejó aquel lugar.
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Solo. Era un buen adjetivo para alguien que al pasear por los barrios de Sac’Laar saboreaba la soledad mientras pasaba desapercibido. La soledad en la multitud, ese aura de rechazo fermentado en el éter del resentimiento que lo acompañaba a todas partes, fuera a donde fuera. Era como una sombra en el día, que se cernía sobre la ciudad dorada y la corroía hasta la médula. Quién lo diría, siendo él quien era.
Entró, tras vagar un rato por la ciudad, en su antiguo local de entrenamiento. Telarañas y polvo, donde antaño hubo muñecos, escudos y armas bien afiladas. Sus días como general de Ejército habían acabado, y con ellos, su espíritu de lucha. Aún podía ganarle a cualquier joven mal entrenado que entraban como comandantes sin saber siquiera los peligros que acechan en los caminos, pero los estragos del tiempo se hacían notar en su carne. Él, que había participado en la destrucción de la Luna Azul y la Luna Roja….incluso después de haber sido traicionado por sus compañeros. Y es que las apariencias engañan, tanto como el reflejo del sol sobre el mar.
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Volvió del bosque justo para la quema de brujas semanal de Gwyn. Parece que esta vez eran sólo 2, dos hermanas de la granja abandonada. Una de ellas murmuraba, mientras la otra chillaba. “La verdad verá la luz” decía. Por algún motivo comenzó a caminar hacia la hoguera, y cuando se dio cuenta estaba a apenas dos pasos del fuego. Entonces la que hasta ese momento había estado murmurando dirigió la mirada hacia él y perdió el conocimiento. Freddek comenzó a sentirse mal y a marearse, y finalmente cayó, inconsciente, sobre la tierra llena de cenizas.
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Sabía algo. Aquel muchacho la había visto robar el anillo, estaba seguro. Cuando volvió al pueblo, todos dijeron que había caído presa de un maleficio y que estaba bajo supervisión del Consejo. “Maldita sea” pensó para si. Allí no podría entrar sin más. Incluso con el anillo..era imposible. Lo mejor era dejarlo para la mañana siguiente.
Durmió en un hostal de mala muerte regentado por un sílfido con un aspecto más bien poco agradable, pero no fue eso lo que le quitó el sueño. Unas pesadillas extrañas invadieron su emnte y le impidieron conciliar el sueño más de media hora seguida. Algunos eran ciertamente desconcertantes: Tan sólo aparecía la misma niña, una y otra vez, atada a una silla. A veces la miraba, otras parecía estar muerta. Lo demás eran sueños vívidos, casi reales, tanto que creyó desmayarse cuando se despertó de uno de ellos. Se preguntó si de veras debería portar aquel anillo.
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Nada apaciguaba ya su dolor interior. La gloria perdida desde que su espada había silenciado su voz acerada era una fuente de pena que ni cuatro botellas de licor argénteo lograban tapar. Echaba de menos el poder derrotar a cinco enemigos simultáneamente con sus dos espadas. Pocos nacían con su talento, y la mayoría eran recordados en los historiales del ejército como héroes. Él, en cambio, fue considerado desertor en la batalla contra la Luna Negra, el batallón enemigo comandado por su hermano. “Quién sabe” pensó, “quizás sea hora de largarse de aquí para siempre”
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Despertó sobre una mesa, encadenado y desnudo. Sintió un agudo dolor en las sienes y quiso gritar, pero se limitó a retorcerse. Unos hombres de traje elegantes lo observaban y hacían anotaciones. De repente, uno de ellos vertió sobre su pecho un líquido verde y muy denso, con un olor repulsivo. Cuando entró en contacto con él, sintió un escalofrío, y una sacudida tomó su cuerpo. Una energía indescriptible y rabiosa emergió de él y derribó a los hombres a su alrededor. “¡Lo ha rechazado!”, gritaban. No entendía nada, pero vio que los grilletes se habían soltado y echó a correr en dirección a la puerta. Antes de salir, echó un vistazo atrás. La sala que estaba a punto a abandonar parecía el escenario de una sangrienta masacre, pero lo que rompió el fino hilo de cordura que mantenía la mente de Freddek en la realidad fue algo mucho más horrible. En la oscuridad de la sala se adivinaban siluetas que bajo ninguna circunstancia se podrían haber descrito como humanas, y que cualquiera calificaría de alucinaciones. Pero Freddek nunca había presenciado cómo una alucinación devoraba un cadáver en unos segundos, sin preocuparse de propagar la sangre y las vísceras a su alrededor y sin cuidado alguno de extraer los huesos, y sólo deteniéndose ante la posibilidad de engullir otro cuerpo cercano.
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Cuando empezaba a amanecer, se fue a probar los supuestos poderes que el anillo confería a su portador. Tendría que acabar rápido para poder acabar con aquel muchacho cuanto antes. Caminó hasta un descampado al Norte del bosque y comenzó los preparativos. Dibujó las runas correspondientes, preparó los círculos y las sales y desangró los dos conejos que había capturado para la ocasión. La visión de los animales colgados boca abajo aún convulsionando y con el cuello abierto, mientras la espesa sangre se precipitaba en forma de hilo hacia el fondo del cubo la tranquilizaba.
Tras los rituales de preparación, se dirigió hacia uno de los círculos con uno de los conejos ya desangrado y lo colocó en el centro. Ya había hecho algo parecido anteriormente, pero la mayoría de las veces, los animales revivían tan sólo para deshacerse en una mole de materia orgánica putrefacta y pestilente a los pocos segundos. Pronunció el conjuro y se concentró en el anillo, tratando de que, de alguna manera, amplificase su poder. Cuando terminó y vertió las sales sobre el animal, éste se incorporó al instante, como si su corazón aún bombease algo en su interior. Esperó unos segundos, pero el animal tan sólo permaneció quieto, alerta, con las orejas levantadas. Bien, no estaba mal. De nuevo empezó a recitar otra letanía, y cuando terminó, y posó las manos sobre el círculo, su sorpresa fue mayúscula. El efecto corriente consistiría en una metamorfosis: El conejo se transformaría en un pequeño arbusto o en un árbol joven. Pero pronto tuvo que cancelar su hechizo, pues el conejo se estaba convirtiendo en un engendro con aspecto de reptil peludo, a la par que aumentaba de tamaño. Al detenerlo, el animal explotó, cubriendo todo el lugar de órganos y pedazos de carne, algunos aún moviéndose. Bueno, tendría que aprender a controlarlo, pero sin duda ahora podría realizar invocaciones, prohibidas desde que se supo de su existencia, debido al peligro que suponían para la raza humana.
Pero por ahora, se sentía lista para ir a por aquel chico. Se dirigió hacia la Sede del Consejo, pero cuando llegó a su objetivo, sólo encontró una muchedumbre alterada alrededor del edificio. “¿Pero qué…?” fue preguntando a los que se amontonaban , mientras se abría paso entre ellos. Le dijeron que un preso recién capturado, un adolescente, había causado una masacre y había liberado demonios dentro del edificio. Cuando llegó a primera fila, donde los guardias mantenían a la masa a raya, y vio la puerta destrozada y cómo un río de sangre salía de ella, se quedó desconcertada. “¿Aquel muchacho había realmente invocado a unos “demonios” y había causado todo aquello?”. De todos modos, no quiso quedarse para comprobar si realmente había algo fuera de este mundo en aquel lugar. Si lo había, era mejor marcharse, y si no lo había, no merecía la pena estar allí. Sintió un rastro de energía que se dirigía hacia Sac’ Laar. ¿Por qué hacia el Sur? No tenía tiempo para investigaciones, así que partió hacia la ciudad meridional deseando que todo fuera una confusión.
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Acabó de hacer la maleta cuando empezaba a amanecer. Antes de irse echó un vistazo al arcón. Aquel baúl que guardaba tantos recuerdos…¿iba a terminar de aquella manera? Se le rompía el alma cada vez que pensaba en ello. Y pensar que el Trío gobernaba ahora gracias a su ayuda…
Finalmente, decidió cogerlas. Sus antiguas espadas. Probó unas cuantas fintas y golpes; sus brazos aún las manejaban con destreza, ávidos de batalla. La derecha, negra como el carbón, pulida de un pedazo de roca ígnea, dura como el diamante. A menudo se decía que la roca ígnea era el “diamante de los asesinos” pues conservaba la dureza del diamante, pero a su vez era resistente e inquebrantable. La espada izquierda, era de acero galvanizado, y poseía una corriente propia que podía bien usarse para paralizar un músculo o para repeler un trozo de metal. Ambas eran reliquias de un valor incalculable que cualquiera con conocimiento de su existencia codiciaría. Las envainó de nuevo, recogió el resto de sus pertenencias y se fue, dejando atrás no sólo un hogar, sino también un pasado.
Salió de Sac’Laar y se dirigió al Norte, en busca de tranquilidad, y decidió que pasaría la noche en un hostal de camino a Karanverg. No sabía aún lo que le esperaba allí.
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Tras pasar por casa para vestirse de nuevo, Freddek huyó hacia el Sur, sin importarle sus amigos, padres o lo que dejase atrás. Sac’Laar era perfecta para empezar de cero y establecer una vida normal, lejos de las atrocidades del Norte y de sus fenómenos paranormales. Sin embargo, en la puerta de la ciudad, vio cómo media docena de guardias registraban a los transeúntes y les preguntaban por un muchacho rubio y de mediana estatura, probablemente desnudo. Mientras pensaba en cómo evadirlos, se sorprendió a sí mismo dibujando un pequeño pentagrama en el suelo y murmurando unas palabras desconocidas. Cuando paró, uno de los guardias pareció volverse completamente loco, quitándose el casco mientras chillaba “¡Sal de mi cabeza!” y comenzaba a darse cabezazos contra las murallas. Sus compañeros, en un intento por detenerlo, lo agarraron y lo separaron de la pared, pero en cuanto se vio entre ellos, desenvainó el mandoble y comenzó a asestar golpes a los otros guardias, resultando un herido y un muerto antes de que lo redujeran y se lo llevasen al Consejo. Aprovechó la confusión y la falta de vigilancia para huir, y en cuanto estuvo a unos metros del muro, emprendió una carrera campo a través. Al cabo de un rato, disminuyó el ritmo y siguió si camino hasta llegar a Karanverg. Decidió pasar allí la noche, así que se pagó una habitación con lo pocos ahorros que había cogido y se tumbó en la cama. Pero poco duró su reposo. Al poco de echarse, se oyeron unos ruidos abajo y pasos subiendo las escaleras. Instintivamente atrancó la puerta y se pegó a la pared. Alguien o algo empezó a intentar derribar la puerta, y si lo conseguía, probablemente fuera su final. Mientras pensaba en su muerte, su subconsciente se había encargado una vez más de su supervivencia, pues de nuevo susurraba vocablos incomprensibles mientras tallaba en la pared con un pedazo de metal unos símbolos extraños. Cesó el murmullo, y de pronto, algo que nadie osaría tratar de describir como algo más que un amasijo de músculos y huesos emergió de un pedazo de suelo situado ante la puerta. Cuando un golpe definitivo la destrozó, el ser se abalanzó sobre los intrusos, y Freddek, que no quería permanecer ni un segundo más en aquella habitación, huyó por la ventana, que afortunadamente no estaba a mucha altura. Aún confuso, levantó la mirada para encontrarse con que había ido a caer enfrente de un tío alto, robusto y algo mayor que portaba dos espadas.