Aún no dormido, si bien tampoco despierto del todo, me encontraba tumbado en una cama ajena, tratando de escuchar algo por encima del desagradable pitido que inundaba mis oídos. Mirando el techo, se me antojaba que era un cielo de nubes grises afiladas, a punto de derramarse sobre mí. “Ojalá”-pensé-”Así al menos eso rompería con este horroroso y contínuo pitar sordo”. A mi alrededor, las pertenencias de una niña pequeña llenaban los espacios sobre muebles y estantes.
La luz del día comenzaba a entrar, aún tímida y fría, por la ventana , pero sin embargo la iluminación de la habitación era realmente escasa. Cuando me di cuenta, mi atención había patinado del sentido auditivo a la vista, y mientras mi mirada buscaba curiosidades con las que entretenerse(creedme, las habitaciones de los niños pequeños esconden surrealismo por todas partes) se topó con un antiguo reloj apoyado sobre una balda de una estanteria situada justo enfrente de mí. No le habría dedicado más de un minuto de atención de no ser por un detalle que, si bien ahora dudo de haberlo percibido, en su momento me pareció real, al menos tanto como la consciencia de que existo.
Al principio no me percataba de lo que suscitaba esa sensación de error en mi mente; mi razonamiento, considerándolo sano, hacía saltar mis alarmas cuando pensaba en el aparato. Aguzé el oído y pude, por encima del estridente pitido que aún reverberaba en mis tímpanos, escuchar el “tic-tac” del mecanismo del objeto. Es extraño, puesto que yo nuca hubiera representado aquel sonido como “tic-tac”, sino más bien como un “tic-tic-clack”. El parecido con el sonido es lo de menos, digo esto meramente para hacer notar la naturaleza ternaria de aquel rítmico sonido que acostumbra a ser, por lo general, binario.
Mas eso hubiera sido, como mucho, un detalle curioso en el que uno no puede recrearse más de un minuto o dos. Seguía escuchando (y a mi parecer, cada vez nás nítidamente) el movimientò de los engranajes, de eso estoy seguro, a pesar de que mi mente me lo niegue, aún siendo ella la que guarda esa impresión fatal. Pues estando yo inmerso en la contemplación del reloj, me percaté de que las manecillas-les pido que no abandonen aún la lectura-estaban por completo inmóviles. Hasta que asocié este hecho al de estar escuchado clara-y reitero- cada vez más más nítidamente el sonido de su motor, todo iba de maravilla. Bajo ciertas situaciones, uno comprende que el día que se nos concedió el don de la lógica y la correlación de ideas, fue el día en que el ser humano empezó a caminar por el camino equivocado. Un miedo infame e infundado se apoderó de mí, y pronto empezaron los sudores y los escalofrío. “Fácilmente”-me consolé-”podría haber otro reloj que no he visto, pero que funciona”. Pero, ¡qué consuelo es ese para una mente cuya consciencia propia le resulta dudosa, y que ante el golpeteo de un inofensivo reloj se encoje y retuerce! Hubiese mirado a mi alrededor para buscar la fuente real del sonido, pero no hubiera osado apartar ni un segundo la vista de aquel instrumento demoníaco. No podía soportarlo, el “tic-tic-clack” cada vez se hacía más y más fuerte, haciendo eco en mi cabeza y zarandeando mi cerebro, como si quisiera sacarme de mi cuerpo, más aún, como si me estuviese reclamando algo, un sacrificio, sangre…¡Sí! ¡sí! ¡era sangre lo que me exigía aquel demonio! Lo último que recuerdo después de aquel instante de enajenación fue un grito agudo e infantil mientras me incorporaba sobre la cama en la que me encontraba.
El sol ya había asomado varios metros por encima del horizonte cuando, alertados probablemente por el grito, o quizás también por el sonido infernal (no estoy seguro de la existencia de cualquiera de ellos), los vecinos llamaron a la policía, que derribó la puerta de la antigua casa de mis tíos, donde había pasado la noche debido a las reformas llevadas a cabo en mi casa. En la habitación de su hija más pequeña me encontraron, tiritando y encogido contra un rincón, hurgando entre la maquinaria del vetusto artefacto, con los ojos desorbitados, las manos ensangrentadas y murmurando algo ininteligible. Cuando uno de ellos se acercó, preguntando acerca de lo que había sucedido, no pude darle más respuesta que ésta que, según los agentes, es lo que entre otras cosas les ha llevado a pensar que estoy loco: “No está bien…algo no está bien. Lo mejor sería que se llevasen este reloj, ¿saben? Él es el verdadero asesino, y no yo…miren cuánta sangre…sólo estaba pidiendo sangre…y le di lo que quería, porque, ¿saben? A veces hay que obedecer los caprichos de entes oscuros y mucho mayores de lo que ustedes, ignorantes, puedan imaginar…”
Y tras esto, uno de los agentes debió encontrar el cuerpo inanimado y desfigurado de mi prima, porque soltó un grito ahogado mientras su cara adoptaba una mueca de asco. Inmediatamente me esposaron y se apresuraron a internarme en este manicomio en el que ahora escribo, y han prohibido terminantemente informarme de la hora o hablarme de relojes, pues creen que tengo un trauma con los relojes que me hace perder la cabeza. Necios, no se dan cuenta de que, por mucho que ellos se nieguen a creerlo, sólo hizo falta saciar la sed de sangre de aquel instrumento para hacerlo funcionar, pues tan pronto vertí la sangre de la niña, las manecillas comenzaron a moverse.

No lo había leído, inconsciente de mi. Cuando me lo pronunciaste me engañé pensando que te referías a uno ya atrasado. Inconsciente de mi, corta la respiración.
Lo tomaré como un cumplido…