Archive for junio 2012

En los oscuros rincones de los valles cercanos viven, ajenos al tiempo, distantes de la muerte, entes tan horribles como antiguos y eternos. Yo los he visto, ¡Qué digo ver! Los he creído sentir resbalando por mi cerebro, hurgando en mi mente por medio de mis sueños. Dudo que alguna vez haya realmente ido en mi consciencia a esos lugares, que realmente haya visitado la morada de esas monstruosidades.

Pero cuando los imagino, no tengo dudas de haberlos tenido ante mis ojos. El nivel de detalle es demasiado alto, incluso para un loco como yo, como para que sean producto de mi imaginación. Nunca descarto, ni renegaré de la idea de que fuera de mí, sin tener consciencia de ello, haya ido, bajo el umbral del sueño o el trance, a adorar a esas criaturas. La mera idea me repulsa, y engendra en mí, al mismo tiempo, un oscuro placer de saber más de lo que debería, así como un miedo irracional a este saber prohibido.

La locura, sin duda, ya no es ficticia, es algo tangible en mi insana mente. Es el precio a pagar por estas visiones y este terror. Cualquier día cederé al  miedo y me volaré la tapa de los sesos, no tengo problema en asimilarlo, pero mientras tanto, disfruto de los cuadros macabros e impensables cada noche, que coloco en la duda, en el límite entre el sueño y la realidad.

Somos hijos de la casualidad

y somos del azar como del agua

¿Cómo aún nos extraña,

la lánguida y tan nuestra imperfección?

Si unas circunstancias son

las que nos engendraron, tan ambiguas,

me estremece el pensar que dentro,

una bestia inoportuna me araña,

por no haber sido lo que soy,

por ser yo, y no ella, hoy,

y no agradecerle a la diosa Fortuna,

cada sol, cada estrella, cada luna,

cada luz que me guíe a donde voy.

//

A veces, en la oscuridad, brilla la bestia,

bella, salvaje, fugaz;

la envidio.

De tu remanso tranquilo

en el regazo de la Luna,

una madre muerta suspira

y en su brillo escintila la duda,

cuando nadie mira.

 

Nacen tantos, tanto odio,

tanta muerte y placer,

que apaga tu llama, Poesía,

tu eterno y dulce amanecer,

ennegrece, vida mía,

 

con cada pequeño acto

de dejar, conceder, en la apatía,

de un amagor puro, amor,

de un alma, tan vacía,

un oscuro dolor.

Quizás es esto un sueño

y nacemos de una mente,

y en ella morimos; ¿somos dueños,

acaso, de una vida,

de una ilusión demente,

idea decadente, pesadilla

extraña de un ser durmiente?

¡Qué triste imaginación

saber que nos toca nada,

sino vivir una ficción,

una locura mal soñada!

Antes la mentira

de, no soñado, sin embargo,

creerme soñador que delira

vidas ajenas en su letargo.

Desperté confuso y helado por el frío sobre una cama, a oscuras y con un dolor punzante en el cerebro. Traté de recordar lo último que había visto…Caminaba en busca de mi perro, que se había perdido en el espeso bosque de coníferas que puebla el pie del Ojo Ciego, cuando de repente, una punzada de dolor en el cerebro me dejó inconsciente. Lo siguiente que recordaba era haberme despertado allí.

Me levanté y traté de buscar una ventana, una puerta, algún tipo de salida; fui tanteando, y al cabo de unos minutos la estancia parecía más iluminada, con lo que pude ver, aunque malamente, un arcón viejo situado al pie del colchón sobre el cual me había despertado. Me hubiera gustado encontrar algo más que polvo en el fondo del antiguo mueble, quizás una lámpara de savia, o algo para iluminar aquella oscuridad pesada. Me incorporé para seguir con mi reconocimiento, pero sólo encontré un gran reloj de arena,  de mi altura, pero inservible debido a las capas de óxido que se acumulaban en el eje sobre el que, puede que en tiempos mejores, rotasen los dos magníficos frascos. También encontré, en la pared opuesta a la que tenía pegada la cama, un enorme espejo con extraños adornos en el que se reflejaba toda la habitación.

Fue entonces cuando, en medio de la espesa oscuridad a los que mis ojos se habían acostumbrado, vi a una figura de apariencia humana junto al reloj de arena. La sombra, haciendo uso de una fuerza colosal, dio la vuelta al reloj, activándolo, el cual emitió un sonido tan estruendoso que tuve que taparme los oídos para soportarlo. Con ello se activó una especie de mecanismo que abrió una puerta de piedra camuflada en la pared opuesta a la del reloj. La figura se acercó al arcón y dejó algo dentro, y entonces, levantó la cabeza y me vio. Yo seguía en shock, inmóvil, y a pesar de la densa oscuridad que no se dispersaba con la luz insuficiente que entraba por la puerta, pude ver una amplia sonrisa marfileña destacando en la cara del individuo, junto con sus dos ojos blancos que parecían a punto de salirse de sus órbitas. Tan sólo parpadeé, y cuando abrí los ojos, el corazón se me paró en seco al ver que la figura, que no había variado su expresión facial, me sujetaba ahora por el hombro y estaba situada a mis espaldas. Pero lo que engendró la locura que sobrevino a mi mente en aquel instante fue el ver que aquel ser, que ahora se me antojaba menos humano de lo que me hubiera parecido, tenía por rostro el mío propio, que pude reconocer a pesar de estar impresa en él una mueca desencajada. Por un momento desfallecí, pero enseguida la presión de las uñas de mi copia insana me trajo de vuelta al mundo, justo a tiempo para ver cómo ésta se desvanecía con una risa desagradable y aguda.

Tras unos segundos en shock, me giré para comprobar lo que antes veía en el reflejo del cristal: el reloj ahora vertía arena en su parte inferior. Sin darle mayor importancia, fui hasta hasta el baúl al pie de la cama y busqué, desesperado, lo que me había dejado mi otro yo allí dentro. Tan sólo había un espejo de mano y una nota con una especie de poema en saacita antiguo:

“La arena que ya ha caído

será la que vuelva a caer,

y así es que el pasado

vuelve en cada vuelta de reloj”

Miré el aparato de arena, que ya había volcado una parte de su contenido en el fondo del segundo recipiente. Oí un ruido de algo rodando por unas escaleras, y aún confuso, salí por la puerta que emitía esa leve luz, con lo que comprobé que daba a unas escaleras de un torreón, cuyo piso más elevado era en el que yo me encontraba. La luz provenía de las antorchas dispuestas a lo largo de la pared, y sus llamas ardían escasamente y amenazaban con extinguirse. Vi, un piso más abajo, una persona tirada en el suelo, y sin saber por qué, como apremiado por una urgencia subconsciente, miré el espejo de mano, pero en lugar de mi reflejo, sólo se veía en él la pared con el reloj de arena, que ya había vertido la mitad de la arena. Corrí hacia abajo y pude ver cómo el individuo se metía por la puerta y la cerraba rápidamente. Cogí una antorcha de la pared y, guiado por una esperanza ciega, entré en la habitación, moviendo la antorcha a mi alrededor para iluminarla. La luz del fuego sólo me permitía iluminar un escaso radio a mi alrededor, pero era suficiente como para ver con claridad los rincones de la estancia, que debía ser una almacén de antigüedades, y tenía una forma circular con un gran pilar central. Volví a mirar el espejo, y vi que el reloj estaba a punto de vaciarse por completo, y una sensación de agobio se apoderó de mí. Seguí buscando a la persona que había visto entrar, pero, de repente, mi antorcha y todas las demás se apagaron, y pude oír una pieza de cerámica romperse, así como unos pasos acelerados que salían de la sala y subían por las escaleras de caracol. Tiré mi antorcha, ya inservible, y me apresuré a correr detrás del fugitivo. Mientras subía, saqué el espejo, y a pesar de la oscuridad total, pude ver que el reloj apenas contenía unos granos de arena en su parte superior.

“¿Y si la nota fuera cierta…?”-Pensé

Seguí subiendo, hasta la habitación donde había despertado para ir al encuentro del individuo o, al menos, darle una vuelta al reloj; lo segundo se estableció como prioridad en mi mente, sin yo ordenarlo. En cuanto entré por la puerta, ésta se cerró tras de mí, dejándome atrapado. Fui hasta el artilugio medidor y le di de nuevo la vuelta, con menos esfuerzo del que había imaginado, y la puerta volvió a abrirse. Dejé en el arcón el diabólico espejo junto con la nota…

Y cuando levanté la cabeza, el hombre estaba de pie mirando, muy quieto, el espejo. Me acerqué hasta él, casi sin darme cuenta de que por la puerta volvía a entrar luz (¿no se habían apagado las antorchas?) y le puse una mano en el hombro, pero de repente vi en el reflejo su rostro: era de nuevo mi cara la que portaba  aquel ser, y de nuevo en ella la expresión perturbadora, que infectaba mi mente como un veneno rápido y letal para la cordura. Grité (aunque juraría que en lugar de ello emití una risa maniática y nerviosa) y corrí, huyendo de la habitación. Mientras bajaba las escaleras, tropecé y fui rodando hasta la puerta de la sala circular. Cuando me incorporé, vi por el rabillo del ojo la sombra saliendo del cuarto superior, y me apresuré a meterme en el almacén. Cuando entré, la antorcha que había tirado, se había vuelto a encender, así como las de las escaleras. Me escondí entre unas vasijas y un montón de bártulos. Había una que me resultaba familiar.

El ser entró por la puerta empuñando una antorcha, buscándome y con la misma cara de loco. Esperé, sin mirarlo, y de repente, las luces se volvieron a apagar. Aproveché para salir por la puerta rápidamente, y sin querer tiré una vasija en mi movimiento. Subí hasta la habitación y observé como quedaban apenas unos granitos de arena por caer. Y bajo la influencia de la locura, la oscuridad, y el terror que me provocó el sonido de unos pasos acelerados subiendo las escaleras, mi mente me obligó a meterme en la cama a esperar mi final bajo las mantas. Oí como la puerta de piedra se cerraba de nuevo.

Cuando, y tras pasar un tiempo incierto, decidí destaparme, estaba en un puesto de montaña, metido en cama, con mi perro Tsek’ek a mi lado.

-¡Ah! ¡Ha despertado!-Dijo una vieja al otro lado de la habitación.

-¿Qué…?

-Se desmayó paseando por el bosque. ¡Hay que andarse con ojo con el frío!-La vieja sonreía.

MALDITA SEA, SONREÍA.

 

Y por eso ahora me quedan apenas 5 horas hasta que salga el sol y sea ejecutado, acusado del asesinato de una anciana indefensa. No me importa, no pienso intentar explicárselo, de todos modos, no lo entenderían.

Cuando tocan sus labios el azar,

de tus supiros en la brisa,

despierta muerto, en su sonrisa,

de un sueño, ahogado en el mar;

 

maldición de café y rosas

tan gustosa al paladar

te presentas, y dejas pensar

que una mente sea tan golosa.

 

Alma prohibida, la carne

te sujeta a la vida,

tan lejos de tu esfera,

 

él te sueña, yo le envidio

por imaginarte mía,

y no su ilusión efímera.