Archive for the ‘Historias de Dhyr’ Category

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Los soles sobre el desierto de Grix quemaban más que de costumbre, y el astro rojizo brillaba con un tono sangriento y macabro que manchaba la arena sobre la que Tiraq llevaba caminando desde hacía ya unas horas. Pese a su fortaleza física y su experiencia en el desierto, las piernas empezaban a negarse a seguir aquel ritmo acelerado que el raokita había tomado como habitual desde su partida.

Son pocos los motivos que llevana un nativo de Raok’Laar a abandonar su hogar, y los dioses saben que ninguno de los que lo hacen tienen buena cara cuando abandonan las murallas de la “ciudad en la montaña”. Tiraq, un hombre de 34 años  fornido e inteligente, se había visto obligado a dejar su lugar de nacimiento debido a una cuestión que, según había presagiado el oráculo, definiría el destino de Raok’Laar. Relativamente joven, fuerte y sin familia a la que extrañar, Tiraq, hijo de Goriel, era el candidato perfecto para embarcarse en un viaje más allá de Grix, y a lo alrgo de todo Dhyr, para encontrar al “chico del eclipse”.

Dicho muchacho debería ser capturado y sacrificado para evitar algún tipo desgracia.

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Había seguido el rastro de aquel chico endemoniado hasta una posada de Karanverg. “Perfecto”-pensó-”no tendrá escapatoria”. Preguntó al posadero acerca de un muchacho rubio pero éste no se mostraba receptivo-quizás por su siniestro aspecto- de modo que el asunto llegó a la violencia. Un par de palabras bastaron para que el hombre se desplomase sobre el mostrador, haciendo bastante. Genial, ahora el chico estaría alerta. Subió al primer piso y comenzó a abrir puertas hasta topar con la penúltima, que estaba atrancada. Pobre iluso. Dibujo un pentagrama en la puerta y comenzó a dar ligeros toques, que parecían amplificados por algún tipo de hechizo y hacían retumbar la madera. Tras unos cuantos, dio uno más fuerte y la puerta cedió, y antes de poder ver el interior, se abalanzó sobre ella una masa de músculos, huesos y tendones. Antes de preguntarse cómo el chico había invocado algo así, tuvo que ocuparse de hacerse un corte en su pecho con una uña y de murmurar una palabra para transportarse unos centímetros a la derecha y no su arrollada por aquel ser.

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La mayoría del pueblo raso crea la Magia. Creen en la existencia de brujas, magos, demonios y todo lo que tenga que ver con las artes oscuras y con maleficios. Una gran parte de esta gente no ha visto en su vida nada parecido a eso, pero las historias de los viajeros, la existencia de “Consejos” para la caza de brujas y el hecho   de que el Gobierno ordenase la quema de todos los “tomos corruptos” son suficiente para que el vulgo tema a la Magia sin haberla visto con sus propios ojos. Pero para alguien que la ha visto, la Magia es fascinante. También aterradora, ciertamente, pero hechizante y atractiva, como un caramelo para un niño. No en vano los Consejos capturas a todos aquellos que afirman haber sido testigos de algún tipo de actos mágicos.

Para alguien como Azur, experimentando en el arte de la invocación, todo esto resulta irrelevante.

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Tiraq no entendía de esos asuntos, y lo único que le importaba era cumplir con el destino que se le había encomendado. La razón por la cual el gobernante raokita no había enviado más patrullas a buscar al chico, lo cual habría facilitado tremendamente la labor, era la guerra que actualmente mantenía el pueblo montañés con la costera Dahl’Muur debido a unas diputas entre nobles de ambos territorios que habían degenerado en el cancelamiento de ciertos acuerdos comerciales y, por consiguiente, desencadenado una guerra.

Tiraq estaba convencido de que le llevaría varias semanas alcanzar La Grieta, en caso de conseguir una buena montura, pero los sabios y el oráculo había pronosticado que la gran catástrofe sucedería en el plazo de un mes. Por eso mismo, el hijo de Goriel no había partido en dirección oeste, directamente hacia La Grieta, sino en dirección nordeste, con objetivo de visitar a El Vieja. El Vieja, de quien su abuelo le había contado muchas historias, vivía al pie de la Montaña Fluvial, de la que manaba el único río de todo Grix, y su abuelo aseguraba que podía hacer magia de todo tipo. “Tal vez”-pensó Tiraq-”pueda transportarme al Oeste en un abrir y cerrar de ojos.” Tanto si las historias eran ciertas como si no, tratar de llegar a pie o a caballo hubiera sido una pérdida de tiempo.

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Caminaba ya desde hace un rato sin encontrar nada que se pareciera a lo que andaba buscando, y sin embargo no se preguntaba por qué no hallaba lo que buscaba. Sólo se dedicaba a oír el chirriar de los árboles, cuyas raíces se retorcían con el amargo sabor de la sangre que impregnaba la tierra de aquel bosque. Por fin apareció el objeto de su búsqueda, el cadáver de Sir Baruk. No sintió escalofrío alguno al ver su rostro completamente desfigurado; si acaso sonrió al ver como uno de sus ojos era atravesado por un gusano enorme y blanco. “Buen trabajo” susurró al viento mientras arrancaba un anillo a la víctima. Se apresuró a ponérselo y dejó aquel lugar.

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Solo. Era un buen adjetivo para alguien que al pasear por los barrios de Sac’Laar saboreaba la soledad mientras pasaba desapercibido. La soledad en la multitud, ese aura de rechazo fermentado en el éter del resentimiento que lo acompañaba a todas partes, fuera a donde fuera. Era como una sombra en el día, que se cernía sobre la ciudad dorada y la corroía hasta la médula. Quién lo diría, siendo él quien era.

Entró, tras vagar un rato por la ciudad, en su antiguo local de entrenamiento. Telarañas y polvo, donde antaño hubo muñecos, escudos y armas bien afiladas. Sus días como general de Ejército habían acabado, y con ellos, su espíritu de lucha. Aún podía ganarle a cualquier joven mal entrenado que entraban como comandantes sin saber siquiera los peligros que acechan en los caminos, pero los estragos del tiempo se hacían notar en su carne. Él, que había participado en la destrucción de la Luna Azul y la Luna Roja….incluso después de haber sido traicionado por sus compañeros. Y es que las apariencias engañan, tanto como el reflejo del sol sobre el mar.

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Volvió del bosque justo para la quema de brujas semanal de Gwyn. Parece que esta vez eran sólo 2, dos hermanas de la granja abandonada. Una de ellas murmuraba, mientras la otra chillaba. “La verdad verá la luz” decía. Por algún motivo comenzó a caminar hacia la hoguera, y cuando se dio cuenta estaba a apenas dos pasos del fuego. Entonces la que hasta ese momento había estado murmurando dirigió la mirada hacia él y perdió el conocimiento. Freddek comenzó a sentirse mal y a marearse, y finalmente cayó, inconsciente, sobre la tierra llena de cenizas.

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Sabía algo. Aquel muchacho la había visto robar el anillo, estaba seguro. Cuando volvió al pueblo, todos dijeron que había caído presa de un maleficio y que estaba bajo supervisión del Consejo. “Maldita sea” pensó para si. Allí no podría entrar sin más. Incluso con el anillo..era imposible. Lo mejor era dejarlo para la mañana siguiente.

Durmió en un hostal de mala muerte regentado por un sílfido con un aspecto más bien poco agradable, pero no fue eso lo que le quitó el sueño. Unas pesadillas extrañas invadieron su emnte y le impidieron conciliar el sueño más de media hora seguida. Algunos eran ciertamente desconcertantes: Tan sólo aparecía la misma niña, una y otra vez, atada a una silla. A veces la miraba, otras parecía estar muerta. Lo demás eran sueños vívidos, casi reales, tanto que creyó desmayarse cuando se despertó de uno de ellos. Se preguntó si de veras debería portar aquel anillo.

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Nada apaciguaba ya su dolor interior. La gloria perdida desde que su espada había silenciado su voz acerada era una fuente de pena que ni cuatro botellas de licor argénteo lograban tapar. Echaba de menos el poder derrotar a cinco enemigos simultáneamente con sus dos espadas. Pocos nacían con su talento, y la mayoría eran recordados en los historiales del ejército como héroes. Él, en cambio, fue considerado desertor en la batalla contra la Luna Negra, el batallón enemigo comandado por su hermano. “Quién sabe” pensó, “quizás sea hora de largarse de aquí para siempre”

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Despertó sobre una mesa, encadenado y desnudo. Sintió un agudo dolor en las sienes y quiso gritar, pero se limitó a retorcerse. Unos hombres de traje elegantes lo observaban y hacían anotaciones. De repente, uno de ellos vertió sobre su pecho un líquido verde y muy denso, con un olor repulsivo. Cuando entró en contacto con él, sintió un escalofrío, y una sacudida tomó su cuerpo. Una energía indescriptible y rabiosa emergió de él y derribó a los hombres a su alrededor. “¡Lo ha rechazado!”, gritaban. No entendía nada, pero vio que los grilletes se habían soltado y echó a correr en dirección a la puerta. Antes de salir, echó un vistazo atrás. La sala que estaba a punto a abandonar parecía el escenario de una sangrienta masacre, pero lo que rompió el fino hilo de cordura que mantenía la mente de Freddek en la realidad fue algo mucho más horrible. En la oscuridad de la sala se adivinaban siluetas que bajo ninguna circunstancia se podrían haber descrito como humanas, y que cualquiera calificaría de alucinaciones. Pero Freddek nunca había presenciado cómo una alucinación devoraba un cadáver en unos segundos, sin preocuparse de propagar la sangre y las vísceras a su alrededor y sin cuidado alguno de extraer los huesos, y sólo deteniéndose ante la posibilidad de engullir otro cuerpo cercano.

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Cuando empezaba a amanecer, se fue a probar los supuestos poderes que el anillo confería a su portador. Tendría que acabar rápido para poder acabar con aquel muchacho cuanto antes. Caminó hasta un descampado al Norte del bosque y comenzó los preparativos. Dibujó las runas correspondientes, preparó los círculos y las sales y desangró los dos conejos que había capturado para la ocasión. La visión de los animales colgados boca abajo aún convulsionando y con el cuello abierto, mientras la espesa sangre se precipitaba en forma de hilo hacia el fondo del cubo la tranquilizaba.

Tras los rituales de preparación, se dirigió hacia uno de los círculos con uno de los conejos ya desangrado y lo colocó en el centro. Ya había hecho algo parecido anteriormente, pero la mayoría de las veces, los animales revivían tan sólo para deshacerse en una mole de materia orgánica putrefacta y pestilente a los pocos segundos. Pronunció el conjuro y se concentró en el anillo, tratando de que, de alguna manera, amplificase su poder. Cuando terminó y vertió las sales sobre el animal, éste se incorporó al instante, como si su corazón aún bombease algo en su interior. Esperó unos segundos, pero el animal tan sólo permaneció quieto, alerta, con las orejas levantadas. Bien, no estaba mal. De nuevo empezó a recitar otra letanía, y cuando terminó, y posó las manos sobre el círculo, su sorpresa fue mayúscula. El efecto corriente consistiría en una metamorfosis: El conejo se transformaría en un pequeño arbusto o en un árbol joven. Pero pronto tuvo que cancelar su hechizo, pues el conejo se estaba convirtiendo en un engendro con aspecto de reptil peludo, a la par que aumentaba de tamaño. Al detenerlo, el animal explotó, cubriendo todo el lugar de órganos y pedazos de carne, algunos aún moviéndose. Bueno, tendría que aprender a controlarlo, pero sin duda ahora podría realizar invocaciones, prohibidas desde que se supo de su existencia, debido al peligro que suponían para la raza humana.

Pero por ahora, se sentía lista para ir a por aquel chico. Se dirigió hacia la Sede del Consejo, pero cuando llegó a su objetivo, sólo encontró una muchedumbre alterada alrededor del edificio. “¿Pero qué…?” fue preguntando a los que se amontonaban , mientras se abría paso entre ellos. Le dijeron que un preso recién capturado, un adolescente, había causado una masacre y había liberado demonios dentro del edificio. Cuando llegó a primera fila, donde los guardias mantenían a la masa a raya, y vio la puerta destrozada y cómo un río de sangre salía de ella, se quedó desconcertada. “¿Aquel muchacho había realmente invocado a unos “demonios” y había causado todo aquello?”. De todos modos, no quiso quedarse para comprobar si realmente había algo fuera de este mundo en aquel lugar. Si lo había, era mejor marcharse, y si no lo había, no merecía la pena estar allí. Sintió un rastro de energía que se dirigía hacia Sac’ Laar. ¿Por qué hacia el Sur? No tenía tiempo para investigaciones, así que partió hacia la ciudad meridional deseando que todo fuera una confusión.

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Acabó de hacer la maleta cuando empezaba a amanecer. Antes de irse echó un vistazo al arcón. Aquel baúl que guardaba tantos recuerdos…¿iba a terminar de aquella manera? Se le rompía el alma cada vez que pensaba en ello. Y pensar que el Trío gobernaba ahora gracias a su ayuda…

Finalmente, decidió cogerlas. Sus antiguas espadas. Probó unas cuantas fintas y golpes; sus brazos aún las manejaban con destreza, ávidos de batalla. La derecha, negra como el carbón, pulida de un pedazo de roca ígnea, dura como el diamante. A menudo se decía que la roca ígnea era el “diamante de los asesinos” pues conservaba la dureza del diamante, pero a su vez era resistente e inquebrantable. La espada izquierda, era de acero galvanizado, y poseía una corriente propia que podía bien usarse para paralizar un músculo o para repeler un trozo de metal. Ambas eran reliquias de un valor incalculable que cualquiera con conocimiento de su existencia codiciaría. Las envainó de nuevo, recogió el resto de sus pertenencias y se fue, dejando atrás no sólo un hogar, sino también un pasado.

Salió de Sac’Laar y se dirigió al Norte, en busca de tranquilidad, y decidió que pasaría la noche en un hostal de camino a Karanverg. No sabía aún lo que le esperaba allí.

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Tras pasar por casa para vestirse de nuevo, Freddek huyó hacia el Sur, sin importarle sus amigos, padres o lo que dejase atrás. Sac’Laar era perfecta para empezar de cero y establecer una vida normal, lejos de las atrocidades del Norte y de sus fenómenos paranormales. Sin embargo, en la puerta de la ciudad, vio cómo media docena de guardias registraban a los transeúntes y les preguntaban por un muchacho rubio y de mediana estatura, probablemente desnudo. Mientras pensaba en cómo evadirlos, se sorprendió a sí mismo dibujando un pequeño pentagrama en el suelo y murmurando unas palabras desconocidas. Cuando paró, uno de los guardias pareció volverse completamente loco, quitándose el casco mientras chillaba “¡Sal de mi cabeza!” y comenzaba a darse cabezazos contra las murallas. Sus compañeros, en un intento por detenerlo, lo agarraron y lo separaron de la pared, pero en cuanto se vio entre ellos, desenvainó el mandoble y comenzó a asestar golpes a los otros guardias, resultando un herido y un muerto antes de que lo redujeran y se lo llevasen al Consejo. Aprovechó la confusión y la falta de vigilancia para huir, y en cuanto estuvo a unos metros del muro, emprendió una carrera campo a través. Al cabo de un rato, disminuyó el ritmo y siguió si camino hasta llegar a Karanverg. Decidió pasar allí la noche, así que se pagó una habitación con lo pocos ahorros que había cogido y se tumbó en la cama. Pero poco duró su reposo. Al poco de echarse, se oyeron unos ruidos abajo y pasos subiendo las escaleras. Instintivamente atrancó la puerta y se pegó a la pared. Alguien o algo empezó a intentar derribar la puerta, y si lo conseguía, probablemente fuera su final. Mientras pensaba en su muerte, su subconsciente se había encargado una vez más de su supervivencia, pues de nuevo susurraba vocablos incomprensibles mientras tallaba en la pared con un pedazo de metal unos símbolos extraños. Cesó el murmullo, y de pronto, algo que nadie osaría tratar de describir como algo más que un amasijo de músculos y huesos emergió de un pedazo de suelo situado ante la puerta. Cuando un golpe definitivo la destrozó, el ser se abalanzó sobre los intrusos, y Freddek, que no quería permanecer ni un segundo más en aquella habitación, huyó por la ventana, que afortunadamente no estaba a mucha altura. Aún confuso, levantó la mirada para encontrarse con que había ido a caer enfrente de un tío alto, robusto y algo mayor que portaba dos espadas.

Desperté confuso y helado por el frío sobre una cama, a oscuras y con un dolor punzante en el cerebro. Traté de recordar lo último que había visto…Caminaba en busca de mi perro, que se había perdido en el espeso bosque de coníferas que puebla el pie del Ojo Ciego, cuando de repente, una punzada de dolor en el cerebro me dejó inconsciente. Lo siguiente que recordaba era haberme despertado allí.

Me levanté y traté de buscar una ventana, una puerta, algún tipo de salida; fui tanteando, y al cabo de unos minutos la estancia parecía más iluminada, con lo que pude ver, aunque malamente, un arcón viejo situado al pie del colchón sobre el cual me había despertado. Me hubiera gustado encontrar algo más que polvo en el fondo del antiguo mueble, quizás una lámpara de savia, o algo para iluminar aquella oscuridad pesada. Me incorporé para seguir con mi reconocimiento, pero sólo encontré un gran reloj de arena,  de mi altura, pero inservible debido a las capas de óxido que se acumulaban en el eje sobre el que, puede que en tiempos mejores, rotasen los dos magníficos frascos. También encontré, en la pared opuesta a la que tenía pegada la cama, un enorme espejo con extraños adornos en el que se reflejaba toda la habitación.

Fue entonces cuando, en medio de la espesa oscuridad a los que mis ojos se habían acostumbrado, vi a una figura de apariencia humana junto al reloj de arena. La sombra, haciendo uso de una fuerza colosal, dio la vuelta al reloj, activándolo, el cual emitió un sonido tan estruendoso que tuve que taparme los oídos para soportarlo. Con ello se activó una especie de mecanismo que abrió una puerta de piedra camuflada en la pared opuesta a la del reloj. La figura se acercó al arcón y dejó algo dentro, y entonces, levantó la cabeza y me vio. Yo seguía en shock, inmóvil, y a pesar de la densa oscuridad que no se dispersaba con la luz insuficiente que entraba por la puerta, pude ver una amplia sonrisa marfileña destacando en la cara del individuo, junto con sus dos ojos blancos que parecían a punto de salirse de sus órbitas. Tan sólo parpadeé, y cuando abrí los ojos, el corazón se me paró en seco al ver que la figura, que no había variado su expresión facial, me sujetaba ahora por el hombro y estaba situada a mis espaldas. Pero lo que engendró la locura que sobrevino a mi mente en aquel instante fue el ver que aquel ser, que ahora se me antojaba menos humano de lo que me hubiera parecido, tenía por rostro el mío propio, que pude reconocer a pesar de estar impresa en él una mueca desencajada. Por un momento desfallecí, pero enseguida la presión de las uñas de mi copia insana me trajo de vuelta al mundo, justo a tiempo para ver cómo ésta se desvanecía con una risa desagradable y aguda.

Tras unos segundos en shock, me giré para comprobar lo que antes veía en el reflejo del cristal: el reloj ahora vertía arena en su parte inferior. Sin darle mayor importancia, fui hasta hasta el baúl al pie de la cama y busqué, desesperado, lo que me había dejado mi otro yo allí dentro. Tan sólo había un espejo de mano y una nota con una especie de poema en saacita antiguo:

“La arena que ya ha caído

será la que vuelva a caer,

y así es que el pasado

vuelve en cada vuelta de reloj”

Miré el aparato de arena, que ya había volcado una parte de su contenido en el fondo del segundo recipiente. Oí un ruido de algo rodando por unas escaleras, y aún confuso, salí por la puerta que emitía esa leve luz, con lo que comprobé que daba a unas escaleras de un torreón, cuyo piso más elevado era en el que yo me encontraba. La luz provenía de las antorchas dispuestas a lo largo de la pared, y sus llamas ardían escasamente y amenazaban con extinguirse. Vi, un piso más abajo, una persona tirada en el suelo, y sin saber por qué, como apremiado por una urgencia subconsciente, miré el espejo de mano, pero en lugar de mi reflejo, sólo se veía en él la pared con el reloj de arena, que ya había vertido la mitad de la arena. Corrí hacia abajo y pude ver cómo el individuo se metía por la puerta y la cerraba rápidamente. Cogí una antorcha de la pared y, guiado por una esperanza ciega, entré en la habitación, moviendo la antorcha a mi alrededor para iluminarla. La luz del fuego sólo me permitía iluminar un escaso radio a mi alrededor, pero era suficiente como para ver con claridad los rincones de la estancia, que debía ser una almacén de antigüedades, y tenía una forma circular con un gran pilar central. Volví a mirar el espejo, y vi que el reloj estaba a punto de vaciarse por completo, y una sensación de agobio se apoderó de mí. Seguí buscando a la persona que había visto entrar, pero, de repente, mi antorcha y todas las demás se apagaron, y pude oír una pieza de cerámica romperse, así como unos pasos acelerados que salían de la sala y subían por las escaleras de caracol. Tiré mi antorcha, ya inservible, y me apresuré a correr detrás del fugitivo. Mientras subía, saqué el espejo, y a pesar de la oscuridad total, pude ver que el reloj apenas contenía unos granos de arena en su parte superior.

“¿Y si la nota fuera cierta…?”-Pensé

Seguí subiendo, hasta la habitación donde había despertado para ir al encuentro del individuo o, al menos, darle una vuelta al reloj; lo segundo se estableció como prioridad en mi mente, sin yo ordenarlo. En cuanto entré por la puerta, ésta se cerró tras de mí, dejándome atrapado. Fui hasta el artilugio medidor y le di de nuevo la vuelta, con menos esfuerzo del que había imaginado, y la puerta volvió a abrirse. Dejé en el arcón el diabólico espejo junto con la nota…

Y cuando levanté la cabeza, el hombre estaba de pie mirando, muy quieto, el espejo. Me acerqué hasta él, casi sin darme cuenta de que por la puerta volvía a entrar luz (¿no se habían apagado las antorchas?) y le puse una mano en el hombro, pero de repente vi en el reflejo su rostro: era de nuevo mi cara la que portaba  aquel ser, y de nuevo en ella la expresión perturbadora, que infectaba mi mente como un veneno rápido y letal para la cordura. Grité (aunque juraría que en lugar de ello emití una risa maniática y nerviosa) y corrí, huyendo de la habitación. Mientras bajaba las escaleras, tropecé y fui rodando hasta la puerta de la sala circular. Cuando me incorporé, vi por el rabillo del ojo la sombra saliendo del cuarto superior, y me apresuré a meterme en el almacén. Cuando entré, la antorcha que había tirado, se había vuelto a encender, así como las de las escaleras. Me escondí entre unas vasijas y un montón de bártulos. Había una que me resultaba familiar.

El ser entró por la puerta empuñando una antorcha, buscándome y con la misma cara de loco. Esperé, sin mirarlo, y de repente, las luces se volvieron a apagar. Aproveché para salir por la puerta rápidamente, y sin querer tiré una vasija en mi movimiento. Subí hasta la habitación y observé como quedaban apenas unos granitos de arena por caer. Y bajo la influencia de la locura, la oscuridad, y el terror que me provocó el sonido de unos pasos acelerados subiendo las escaleras, mi mente me obligó a meterme en la cama a esperar mi final bajo las mantas. Oí como la puerta de piedra se cerraba de nuevo.

Cuando, y tras pasar un tiempo incierto, decidí destaparme, estaba en un puesto de montaña, metido en cama, con mi perro Tsek’ek a mi lado.

-¡Ah! ¡Ha despertado!-Dijo una vieja al otro lado de la habitación.

-¿Qué…?

-Se desmayó paseando por el bosque. ¡Hay que andarse con ojo con el frío!-La vieja sonreía.

MALDITA SEA, SONREÍA.

 

Y por eso ahora me quedan apenas 5 horas hasta que salga el sol y sea ejecutado, acusado del asesinato de una anciana indefensa. No me importa, no pienso intentar explicárselo, de todos modos, no lo entenderían.

 

El fragmento más occidental de Dhyr, Gwyn, estuvo antaño controlado por Rëmir, uno lo Dha’gan más perturbados dela historia de Dhyr. No era la región favorita de nadie, y Rëmir sabía qué hacía de Gwyn una zona tan indeseada: en medio de los frondosos bosques que se extendían por todo el fragmento aparecían, sin razón lógica y aleatoriamente, pantanos de pequeño tamaño. Estas ciénagas pútridas no sólo despedían unos hedores que podrían perfectamente ser venidos del inframundo, sino que albergaban en ellas seres extraños, imposibles de entender, deformes y corruptos, de los que algunos ni se atreven a hablar.

 

Rëmir, que no tenía un ápice de precaución o sentido común, decidió un día enviar expediciones para eliminar a las criaturas del pantano, ya que, según él, eran las causantes de la existencia de los ponzoñosos biomas. Para la primera incursión, reunió a un grupo de doce hombres y los envió a Xe’Rhes(Pantano Norte), la más grande de las ciénagas norteñas. Dos días les llevó llegar de la ciudad hasta su destino, ya que tuvieron que ir a pie debido a que los caballos se negaban a atravesar los bosques, por mucho que bordeasen los Rheses(pantanos) que saltaban al paso.

 

El Memoria (redactor del diario de viaje), Gansk, un hombre harto conocido por su precisión en la descripción de los acontecimiento y reconocido como uno de los mejores Memorias de todo Dhyr, fue el único que regresó. Tampoco se podría decir que era él el que regresó, ya que lo que volvió fue su cadáver, caminante y silente, como un autómata cuya última orden fuera la de entregar el registro de los acontecimientos, como si de ellos dependiera el destino de la raza humana. El cuerpo era apenas un desecho, que desgraciaba la vista de quien lo miraba, ya que la piel faltaba en la mayoría del cuerpo, mientras que el brazo derecho colgaba de venas y arterias aún pulsantes. El intestino sobresalía de un corte profundo y ancho en el vientre, las piernas estaban llenas de cortes bastante hondos, la tibia derecha se veía entre el músculo músculo abierto, y torso, en carne viva, estaba recubierto de bolas de pus. Nadie se explicaba como había llegado logrado llegar hasta Gwyn, vivo o muerto, lo que fuera que estuviera.

 

Rëmir leyó, en cuanto lo tuvo en su poder, el ensangrentado informe personalmente, y la sangre se le congeló al llegar a las últimas líneas. Tras meditar un rato, el obstinado e irresponsable Dha’gan reunió a todo el ejército y ordenó que preparasen para el día siguiente la partida hacia el Norte. Con el fin de no amedrentar a las tropas, Rëmir no reveló el contenido del diario de viaje que trajo Gansk., pero ciertos Altos Mandos demasiado curiosos hojearon el horrible manuscrito. De los cinco desgraciados que lo hicieron, tres se suicidaron, uno desapareció corriendo y no volvió a aparecer, y Dethor, un viejo veterano con algo más de aguante, se arrancó lo ojos. Mientras la guardia lo sujetaba para evitar que se tirase por la ventana o se matase con lo primero que encontrase, él gritaba algo acerca de un fin cercano, de seres decididos a eviscerar a cada uno de nuestro especie, y luego, en su último intento de comunicación, emitió una serie de sonidos monótonos y muy cortados, antes de de aprovechar un descuido de uno de los guardias para sacar el cuchillo oculto que guardaba bajo la capa e introducirlo en su garganta, que empezó a emanar sangre con un ruido de gorjeo suave.

 

El Dha’gan se encargó de que sus huestes no tuvieran noticia de estos sucesos, y a la mañana siguiente, partieron a erradicar lo que que hubiera en esa tierra envenenada. Dos amaneceres y dos noches transcurrieron antes de que los hombres se situasen ante la niebla pestilente y fría, con las espadas desenvainadas, liderados por Rëmir. Ninguno se movía lo más mínimo. Pero antes de que el líder diese la orden de cargar, se comenzaron a divisa, entre la espesa bruma, unas sombras; no se parecían a nada que aquellos hombres hubieran visto nunca antes, y a medida que las figuras se hacían más nítidas y comenzaban a aparecer entre la densa neblina, los hombres iban siendo presas del terror y el pánico. Se oían gritos desesperados aún cuando la batalla no había comenzado. Los más valientes y los más locos cargaron junto con Rëmir hacia los deformes seres que se arrastraban hacia ellos.

 

“Son seres inconcebibles, sin forma, recubiertos de vísceras, ojos, capilares, y otros órganos de carácter ajeno a lo humano que no puedo reconocer. No mueren, sólo devoran o escupen jugos infernales y corrosivos con su boca, si es que solamente poseen una, porque a decir verdad, ni sé si lo que llamo boca está realmente ahí. Me ha parecido ver como un par de ellos perseguían a Tsom, el hijo de Tseero, justo antes de que un tentáculo salido de ninguna parte lo agarrase por el cuello, derribándolo. Lo que vi después no quiero recordarlo, pero la imagen del pecho abierto en canal del muchacho, exponiendo completamente el contenido de la caja torácica mientras el corazón aún bombeaba, será difícil de borrar de mi mente…”-Extracto del Diario de Viaje de la Expedición a Xe’Rhes, 17º atardecer del 4º cruce solar, 949º cambio de estrellas D.L.G.

 

A Rëmir no le debieron parecer advertencia suficiente éstas y otras palabras aún más perturbadoras que las sucedían, o quizás sólo fue su locura que lo cegó, pero por desgracia para sus hombres, decidió partir en aquel fatídico día a matar algo que ni siquiera sabía si estaba vivo. Los que huían despavoridos no volvían la mirada, por miedo a que el horror los paralizase, y los pocos que regresaron con vida, negaron jamás haber estado en aquel lugar maldito, y que a día de hoy, sigue enervando a los caballos y continúa siendo el motivo del escaso turismo de Gwyn.


 

A pesar de que los paisajes que rodean Meh’Laar, la ciudad más grande de la región de Dhyr, no son gran cosa, sus llanuras y colinas yermas siempre estaban animadas, plagadas de individuos. Tanto si eran comediantes, como si eran mercaderes; campesinos o patrullas…todos eran los encargados de dar vida a los alrededores de la vasta “ciudad de la planicie”, traducción literal del nombre, escrito en saacita antiguo.

Entre esta vida artificial, había una zona al nordeste de las afueras de Meh’Laar extrañamente muerta. En ella se encontraba situado un pequeño pueblo sobre una de las pocas montañas que se podían ver en el Sur de Dhyr, y que se resistía a acatar las leyes del Ho’gan. Sus bravos guerreros reducían cualquier tentativa de alcanzar la primitiva aldea amurallada.

Aquella tribu había vivido allí desde antes de la llegada de los saacitas (o “venidos de los ríos”) provenientes de Sac’Laar, y raza dominante sobre la tierra conocida, y los autóctonos parecían poco dispuestos a abandonar su tierra cuando estos los intentaron expulsar. Había archivos datados en el vigésimo cambio de estrellas antes de La Grieta, que ya hablaban de la resistencia opuesta por los montañeses. Las investigaciones y archivos revelaban que la inteligencia de estas gentes era poco agraciada, y todo parecía indicar que, en compensación, recibían una fuerza física extraordinaria. Eran de rasgos horribles y abultados, como si alguna enfermedad hubiera azotado sus rostros desde su nacimiento. Las gentes contaba historias terribles sobre los que habían bautizado como “Dhyraniis”(“los ajenos a Dhyr”), y mientras que la mayoría no tenían ni idea de los horrores que se ejecutaban dentro de aquellas murallas, algunos habían leído algo en documentos; con todo, esos documentos eran, y no sin motivo, poco extensos en cuanto a sus costumbres y cultos.

A veces se veían luces de colores imposibles, que proyectaban sobre la montaña sombras perturbadoras, formas sólo en parte humanas y aberraciones amorfas, y había quien decía que los cánticos que se oían durante sus ritos, no podían salir de gargantas humanas. Los extranjeros que pasaban por allí de camino a Meh’Laar(la población local ni se acercaba) hablaban de unas plantas en las faldas de la montaña(llamada “El Ojo CIego” debido a una piedra con forma elíptica y blanca por la nieve que coronaba la cima) de tallo grueso, cuyo interior, según afirmaban, estaba repleto de vísceras pulsantes y aparentemente vivas; también relataban que, ante la amenaza de fuego, dichos vegetales chorreaban sangre. Por esto último, otro nombre común para la gigante rocosa era “Vientre de sangre”.

El populacho decía que las mujeres bárbaras yacían con demonios y monstruos, y que sus hombres devoraban a los bebés débiles. A veces los campesinos también narraban que cuando los lobos aullaban, podían oír a los salvajes responder con sonidos guturales y escalofriantes, que acallaban a las bestias.

Por estos y otros sucesos, ni siquiera los Garras, las espadas más diestras de todo Dhyr, se atrevían a atacar el pequeño poblado; me pregunto cuánto tiempo pasará antes de que los hombres reúnan el valor suficiente como para acabar con las atrocidades que se cometen en los riscos de aquella cumbre…y es mi deseo que eso sea pronto, ya que uno nunca sabe cuándo la suerte o el azar pueden hacer que unos seres tan retrógrados y descerebrados despierten a aquel que mora en las entrañas del mundo, Creador de la grieta, padre de las montañas.

86º atardecer,  5º cruce solar del 934º cambio de estrellas después de La Grieta.

 

Bajo las lunas llenas, fuera de los límites de Sac’Laar, “La ciudad del río”, un hombre no teme a los lobos, ni a las serpientes traicioneras escondidas entre la maleza, ni a los asaltantes ocasionales; tampoco a los monstruos de los que se habla en los antiguos grabados del templo, y que cada noche rondan los tejados. Bajo las dos lunas llenas, en contraste, un hombre se teme a sí mismo.

Ninguno de los que han pernoctado expuestos a los rayos claroscuros de Las Hermanas han vuelto, y los que han vuelto, fueron ejecutados por piedad y compasión. Si no me equivoco, la mayoría hablaban en lenguas desconocidas, con voces impropias de su anatomía vocal, y traían en sus cuerpos la deformidad y la muerte encarnadas. Recuerdo a uno, uno que llegó arrastrándose, con dos amasijos de carne, hueso y piel por piernas, con las cavidades oculares vacías y con su contenido incomprensiblemente cosido a las sienes. Los nervios oculares aún estaban conectados, y parecía que esos ojos descolocados todavía pudieran ver.

A cualquiera que se le cuente algo así, y a pesar de lo inverosímil del relato, se le otorgará el beneficio de la duda, ese que hace que ni los comerciantes más apresurados por partir se atrevan a dejar la ciudad fluvial si las lunas brillan llenas. Incluso parece como si los demonios de los tejados se esfumasen para ocultarse de luz tan infernal. Y si yo estoy aquí, esperando a la caída de los tres soles hermanos, no es porque no conozca estas historias, ya lo veis, ni porque dude de su veracidad, pues las he presenciado con mis propios ojos. Sé bien que al despertar Las Hermanas, mi momento habrá llegado. La luz blanca, reflejo de los tres soles en la hermana Mayor, y la luz negra, engendrada por la hermana Menor, que hoy en día aún confunde a los científicos, me llenarán por completo, y seré suyo; lo que suceda después, sólo los Dioses lo saben.

La razón por la que me encuentro aquí( me gustaría poder contárosla antes de que llegue mi hora) es, probablemente, la locura que ha invadido mi cerebro tras decenas de cambios estelares inmerso en el estudio de materias innombrables y olvidadas ya por los hombres. He llegado al límite del conocimiento que me pueden reportar esos libros y grabados. El siguiente paso en el terreno de lo desconocido es este,que confío que me traerá, poco antes de la muerte, las respuestas que necesito. Sinceramente, creí que la idea de entregar la vida sería menos llevadera…

Veo las lunas asomar en el horizonte. Enviaré este escrito a mi casa por medio de mi fiel halcón, “Celúreo”, para que quede constancia de mi partida, en caso de no regresar.

 

4ª mañana, 2º cruce solar del 938º cambio de estrellas  D.L.G.

     Los huesos de “Celúreo” han guardado fielmente mi mensaje durante mucho tiempo. Conseguí volver. Vivo. Cicatrizado. Muerto, quizás. Desde luego, más que cuando envié aquel documento a mi casa. En aquel entonces sabía que estaba haciendo lo correcto, pero ahora comprendo que he cometido el peor error que pudiera cometer uno de mi especie. Si quedase algún vivo entre las paredes de esta ciudad, podría contarles lo que he vivido, aunque probablemente, me vería forzado a suicidarme antes de llegar al final de los hechos. Aún así, no tengo intención de dejarlo por escrito a generaciones venideras. La ignorancia y una advertencia es el único legado que puedo dejaros: Cuidaos de las lunas, pues son los ojos de aquel que eviscera con la mirada, ese que acecha entre las estrellas, aguardando el día de su regreso.

Tan sólo frío acero quedaba ya en Grixis. Todos los habitantes de la metálica ciudadela habían ido cayendo, uno por uno, en la trampa de las astuta muerte, en el foso que la aguja del reloj va cavando a medida que se mueve. Plagas, pestes y hordas de bárbaros habían mermado su población, y ahora tan sólo se sostenían en pie las sólidas y afiladas estructuras que componían la ciudad. Una arquitectura demencial, diseñada por los más bravos y arriesgados arquitectos de Grixis, formaba la entramada de arcos, pasarelas y contrafuertes que se levantaban sobre las calles tapizadas con una fina capa de bronce que, sin nadie que lo mantuviera, se había oxidado hasta desaparecer con el paso de los años. Los tes soles se alzaban magníficos sobre la llanura donde se asentaba la, antaño, esplendorosa ciudad. Ésta relucía al brillo de los tres astros como un diamante, conservando aún parte de la magnificencia que en otro tiempo tuvo. Sus riquezas habían sido saqueadas, su estandarte, hecho polvo, había desaparecido siglos atrás. Y aún así, la ciudad se alzaba desafiante en medio de la árida meseta en la que se encontraba, con alguna clase de aura de muerte que la hacía un obstáculo a bordear, evitando la gente su paso por la ciudad.

Aquello estaba maldito, todos aquellos historiadores que habían ido en busca de algún rasgo o huella de civilizaciones perdidas habían vuelto padeciendo un silencio más que sepulcral o en su defecto, dementes completamente. Nadie sabía qué era lo que causaba tales destrozos en las mentes de los que allí se adentraban, mas preferían padecer la ignorancia, antes que la locura. Quizás son los reflejos que la arquitectura de la ciudad genera, o quizás tan sólo el calor que entorpece la mente, pero los que volvían locos de atar hablaban de figuras, figuras humanas y celestiales, venidas de la luz, que caminaban por sus calles lentamente, observándolos.

Pobres humanos. Sus mentes imperfectas no son capaces de concebir tal maravilla edificada por genios de otra era y quizás, y sólo quizás, de otro plano. Pero era cierto que esos genios de cordura escasa habían creado la ciudad de manera que la luz de los soles, reflejada en ella, creaba entes luminosos que vagaban por sus calles y se movían acorde a la luz que el trío de estrellas otorgaban. Y al ser tres los soles, cada uno de un color primario, la sensación de vida de aquellos fantasmas era tal que era difícil distinguirlos de un ciudadano. Pero de noche, las dos lunas, reflejaban oscuras formas y evocaban entes demoníacos, más oscuros que la propia Hermana pequeña, la menor de las lunas, de luz oscura e incomprensible.

Todo esto hacía que Grixis nunca estuviese muerta del todo, conservando así el esplendor de la época en la que fue creada, evadiendo las normas del tiempo y la materia, impidiendo a la muerte tener poder alguno sobre ella.