Esos últimos sueños…pesadillas, mejor dicho…empezaban a ser molestos. La casa, el gato, y aquellos rosales que siempre lo acababan devorando todo. Y al final, siempre, esa voz antigua, oscura, temible, hablando en idiomas que sólo los seres más ancestrales pueden recordar. Esa maraña de espinas que se alimentaba de algo mayor, algo malvado, algo consciente y con propósitos siniestros. Allí estaba otra vez, frente a la casa, aguardando a algo que lo llevase de allí. Faltan apenas 20 segundos. Sí, como siempre, y tras ese tiempo, el gato aparece en la ventana y mantienen un pulso con la mirada. Medio minuto más. Normalmente, en este tiempo las maléficas plantas comenzaban su avance imparable hacia un mundo invisible de terror. Pero esta vez no. Oyó la voz, furiosa, enojada, destructiva, mientras las rosas se marchitaban. Y de repente, un latigazo en el costado, tan doloroso como un hierro al rojo, golpéandolo fuera de él.
Cuando volvió al mundo, el mundo real, ese lleno de cosas que podemos tocar, sentir, y en tanto, a las cuales somos vulnerables, se encontró con que llevaba ya más de media hora en la ducha, y el vapor cubría el espejo tornándolo blanco e inútil. Sezz cerró el grifo y se secó, como siempre, empezando por los tobillos, y siguiendo hacia arriba. Un momento, ¿Como siempre? No, hubo de hacer una pausa en su rutina cuando llegó a su costado derecho. Había notado un dolor punzante y sutil que le recorría la piel, casi como una descarga. Retiró la toalla casi en acto reflejo y observó. Había una espina clavada. Una espina pequeña y afilada, como la de una rosa, de un color negro, muy negro. Cuando acercó la mano para arrancarla le invadió el miedo al comprobar que la espina no era sino un dibujo sobre su piel desnuda, y que al tacto producía ese pinchazo incómodo. No podía quitarla, estaba como pintada, era parte de él. Decidió que su médico ya se encargaría de ella, y siguió como siempre, se vistió, y el roce con la camiseta le volvió a producir dolor. Bien, no iría a trabajar, iría a urgencias para que le mirasen esa cosa. Cogió el coche, y en cuanto tocó el volante, sintió el latigazo otra vez, y tuvo que encogerse. Esta vez, fuera lo que fuera había atacado su abdomen. Levantó la chaqueta y la camiseta y observó como desde el punto en el costado, había aparecido una línea con espinas similares hasta su ombligo. Empezó a preocuparse de veras, así que encendió el coche y salió hacia el hospital lo más rápido que pudo.
Apenas tuvo que esperar para que lo llamaran. Pasó a la consulta y esperó por el médico de turno. Tardaba en llegar, así que comenzó a ojear folletos y carteles informativos; estaba demasiado nervioso como para mantenerse quieto. Al cabo de un rato se abrió la puerta y un hombre de bata blanca entró por la puerta. Sezz, sin siquiera mediar palabra, se quitó la camiseta y extendió los brazos. Comenzó a explicarle el dolor, las punzadas, incluso sus sueños. El doctor sólo sonreía.
Sezz calló, y esperó, impaciente, una respuesta del anciano, que continuaba impasible. Toda su impaciencia se volcó en su corazón, convertida en miedo, cuando éste abrió la boca. No gesticuló ni hizo ningún amago de pronunciar nada, pero Sezz pudo oír claramente esa voz, no sabía muy bien si sólo en su cabeza, haciendo eco. Una voz dormida en los eones del pasado, queriendo emerger, queriendo devorarlo todo, una fuerza primigenia y universal retorciéndose en la oscuridad. Primero sintió el miedo, luego sobrevino el pánico, y la voz le golpeó tan fuerte que perdió la consciencia. La última imagen que guardó en su mente fue la cara desencajada de aquel hombre, con la boca abierta en un ángulo extraño, los ojos saliéndose de las órbitas y la lengua retorciéndose y, según le pareció, ardiendo.
Se recuperó a lomos de un caballo, que avanzaba lentamente por una estepa que se asemejaba interminable. No había referencia, nada que sobresaliera sobre ese yermo paraje. Estaba confuso, le dolía la cabeza, y cuando se pasó la mano por el costado, sintió una ristra de punzadas que avanzaron más lejos de lo que él creía; hasta la rodilla derecha y el hombro izquierdo. Soltó un alarido y se quitó la camiseta impulsivamente, revelando una vez más su torso firme y musculado. Pero esta vez, la marca había avanzado desde el ombligo hasta la rodilla, pasando por la ingle, y hasta el hombro izquierdo, con una línea serpenteante, tal y como él se temía. Maldijo su suerte y espoleó al caballo, sin saber muy bien para qué, ya que no había horizonte en aquella vasta planicie iluminada por una luz difusa que provenía de un punto indefinido. Creyó quedarse dormido un par de veces mientras cabalgaba, y también creyó ver algún árbol, incluso le pareció ver una señal. No sabía cuanto tiempo había transcurrido desde que había llegado a aquel lugar, pero calculó que debieron ser horas, por lo menos. Bajó la mirada, cansado de mantenerse erguido, y pensó en bajar de su montura, pues empezaba a dolerle la espalda y el culo, cuando sintió una brisa fresca sobre su piel. En shock, alzó la vista para comprobar que estaba rodeado ahora por árboles y vegetación. Siguió avanzando, y la espesura del bosque disminuía, hasta que llegó a un campo abierto. Todo le resultaba familiar
De repente, el caballo comenzó a a galopar sin control, avanzó unos metros y frenó en seco, arrojando a Sezz varios metros más adelante. Sezz aterrizó más suavemente de lo que esperaba y al mirar hacia atrás comprobó que el caballo se había desplomado. Aterrizó sobre su costado izquierdo, y agradeció a los Dioses no haber caído sobre alguna de las espinas. Sin embargo, cuando creía haberse librado del dolor, otro latigazo más auguró lo que ya sabía que pasaría: la línea siguió extendiéndose y ramificándose; de su hombro izquierdo llegó a su ojo y a su homóplato zurdos, mientras que desde la rodilla derecha llegaba al talón, enroscándose en su gemelo, y desde el ombligo trazaba una nueva línea al costado izquierdo. El dolor era inaguantable, le desgarraba, y Sezz rogó morir antes que seguir soportándolo. Cuando cesó, con cuidado, se sentó en la hierba, cansado, dolorido. Al mirar al frente, se le heló cada gota de sangre, y su flujo sanguíneo cesó su movimiento unos segundos. Aquella estampa.
Frente a él, una casa, ruinosa y abandonada, a juzgar por el aspecto, con rosales misteriosamente cuidados a la derecha. No quería seguir allí, pero algo lo retenía. Era como contemplar su propia muerte, y recordó cada acontecimiento. El gato oscuro apareció en la ventana, clavando sus ojos en él, en sus marcas, que empezaron a escocerle como heridas abiertas rociadas con sal. Recordó el sueño y mantuvo la mirada del gato frente a la suya, tal y como le decían sus impulsos, como reteniendo la vista del animal. Al poco, el escozor desapareció, y el gato se deshizo en las sombras con un bufido. Cuarenta segundos. Pum pum, Pum pum; podía oír cada uno de sus latidos, que era respondido por aquellas zarzas malditas que marcaban su piel. De repente, un latido más fuerte sobrevino y le costó mantenerse sentado, pues sintió como las marcas drenaban sus fuerzas, como si echaran raíces en su alma. Miró a los rosales, y vió como florecían de capullos blancos como la nieve, rosas de un rojo sangriento y mortal. Se miró el torso, y vió como también rosas afloraban en algunos extremos que crecían en sus marcas. El sabor a sangre inundó su boca, y comenzó a oír la voz, burlona esta vez, clamando victoria. Vió como los rosales comenzaban su expansión, inexorables, ávidas de sangre con la que alimentarse. “No.”-Pensó Sezz-”Nunca”.
Sin saber por qué, Sezz clavó sus dedos en el pecho, y se encogió ante un dolor que lo sobrepasaba, pero siguió adelante, gimiendo como un animal agonizante. Finalmente, palpó su corazón, y sin pensarlo, lo arrancó de su pecho, quitándose la vida, desangrándose sobre aquella mullida hierba. Antes de morir, pudo ver como las rosas se detenían, poco antes de llegar a él. Oyó la voz maldecir, aún sin saber lo que decía, gritar desesperada, con la rabia de aquel que sabe que va a ser condenado para siempre, de aquel que ha perdido el último tren. Sonrió, antes de expirar, con una frase en los labios: “No beberás mi sangre, maldito.”
Sin embargo, aquellos rosales, perdidos en ninguna parte, nunca marchitaron, y su color rojo perduró, perdura, y perdurará para siempre en sus pétalos.