Archive for the ‘Relatos Cortos’ Category

Hace ya tiempo que el hombre ha perdido de vista los valles.

 

Vaga, errático, por un mar de arena y bajo la abrasadora palma de la mano solar. Sus movimientos son mecánicos y automáticos; la vista, perdida en el infinito, no se esfuerza en enfocar algo, si acaso un arbusto, o bien la serpiente que ahora agita su cascabel, furiosa, mientras el hombre pasa por su lado.

Hace ya tiempo que no reflexiona sobre ninguno de sus movimientos.

Se mantiene vivo como puede, y ya no recuerda cuándo fue la última vez que soñó con escapar de aquella prisión árida y solitaria. Y sin embargo, esa última vez tuvo lugar hace apenas ocho horas. Como sea, prosigue, lentamente, imparable y titánico, su avance sin rumbo. A su alrededor, nada salvo dunas, en el mejor de los casos, o una extensión llana de muerte seca y desolación, las más veces.

Camina tan ensimismado que apenas advierte una silueta de contornos poco nítidos que desde hace unos minutos camina a su vera. No entabla conversación; para ser más precisos, ni siquiera procesa la posibilidad o la intención de dirigirse la figura.

-¿No te cansas de andar, hombre?-Pregunta la figura en un idioma arcano y olvidado.

No hay respuesta.

-¿Sabes? Yo puedo guiarte hacia verdes pastos; puedo invocar al manantial, o a la brisa fresca, o a la tierra húmeda y fértil que inunda los valles en los que fuiste nacido.

El hombre apenas hizo ademán de escucharle, mientras seguía su marcha pausada e inexorable.

-Apuesto a que estás sediento. ¿Por qué no vienes conmigo y te sacias en mi abundancia, que es infinita?

El hombre se detuvo tan sólo un momento. Apenas fueron unos milisegundos, el reflejo de una moneda que gira, pero destacó en su cadencioso paso como un neón sobre la oscuridad de un motel de carretera.

-¿No?¿Estás seguro?Pareces cansado. Puedes echarte en el mullido colchón verde de mis colinas y dejas que las briznas acaricien tu gastada pie, mientras te refrescas con el aire puro de mis bosques.

De nuevo pareció que el hombre dudaba de su propósito férreo de mantenerse en movimiento. Esta vez duró algo más, y su momentánea pausa hizo eco en el paisaje.

-Adelante, toma mi mano.-Dijo la figura tendiéndole la extremidad.

Al hacerlo, esta pareció difuminar aún más sus límites, hasta el punto de parecer totalmente vaporosa e irreal.

El hombre se detuvo.

Un silencio repentino partió en dos el cielo, que perdió su color por completo. Las arenas se removieron, inquietas, temerosas, huyendo de aquel ser al que veían, por primera vez en su existencia, inmóvil. El caos era tal, que el silencio y la quietud apenas dejaban percibir el intercambio de palabras.

-Vete.-Dijo el hombre, sin más.-O tú mismo te darás muerte.

Y, dicho esto, emprendió de nuevo su caminar.

-¿Acaso crees que te miento?

El hombre hizo caso omiso.

-¿No crees que ya has dejado atrás ya suficiente camino?¿Por qué no me acompañas al descanso de tu gloria? Juraría que hace ya mucho que has perdido el recuerdo de a dónde vas, o de dónde vienes.

El hombre, sin mediar palabra, se dirigió hacia la figura y le asestó un acerado puñetazo. El impacto sonó plúmbleo, pesado, como si acabara de ser derribado un gran monumento y toda su envergadura hiciese retumbar el pavimento. Los contornos de las figura se definieron de forma precisa, adoptando ésta el aspecto del hombre que acababa de golpearle.

-¿Cómo has podido tocarme?¿Qué has hecho?¿Dónde estoy?-Preguntó la copia, confusa.

-Tú te lo has buscado. Bienvenido a la realidad, chico. Nunca has vivido sino en este cruel paraje. Ahora has despertado, y nunca jamás podrás volver al letargo de tu felicidad.

-¡Pero qué has hecho!-Gritaba la copia.-¿¡Qué se supone que debo hacer ahora!?

-Puedes rendirte.-Dijo el hombre.-O caminar.

 

Desde hace seis años, esta gata viene a mi puerta a alimentarse de la comida que yo, religiosamente, compro y dejo a su disposición cada mediodía. Al principio mi presencia era motivo de fugaz fuga, pero con el tiempo el asustadizo animal pasó de la huida a la mera desconfianza. Ahora ya no corre, o mantiene la distancia, sino que se deja querer y me llama cuando se ve necesitada de cariño.

La he visto alumbrar a dos generaciones; de la primera camada, sólo sobrevivió una gata negra, a la que su madre enseñó a quererme y a no tenerme miedo; y de la segunda, sólo un macho de cinco natos, completamente blanco y más rebelde que su hermana pero, en el fondo, más cariñoso. Ver a su madre, un cuadro de pardos, negros y blancos mal distribuidos, y a sus hijos, tan opuestos como el Ying o el Yang, a los cuales por supuesto también alimento, me inunda de un sentimiento que rellena ese oscuro rincón vacío de mí mismo que la soledad y el deseo frustrado han socavado con el paso de los años.

Hoy, habiendo perdido mi empleo debido al cáncer contra el que llevo luchando once años y a una inspección médica imprevista, me veo obligado a mudarme a casa de mis padres, en el centro. Hago inventario de lo que me llevo, de lo que tiro, de lo que se queda.

Pero mis condiciones física, psíquica o económica son tragedias ridículas de un autor sin talento representadas por actores desganados, comparadas con la gran obra dramática a la que, por la mano de un Nobel, dan vida los mejores alumnos de la escuela dramática de Viena, esa que sobreviene a mi mente y a mí mismo cada vez que pienso en la gata.

Son las doce. Hace un par de semanas que ningún felino viene a mi portal a reclamar su ración. Pero, como un autómata, abro la lata, la vuelco en el cuenco, lo dejo delante de la puerta. Entro en mi casay espero, mientras miro por la ventana. Llovizna. No pierdo la esperanza de que aún se acuerden de mí ni de que, por supuesto, sigan con vida. Ahí están. Las dos femias y el macho se acercan, pegaditos unos a otros, hasta llegar al cuenco. Voy hasta la puerta a recibirlos, y solamente entonces me percato del motivo de la ausencia de mi compañera en las pasadas semanas: Dos bolitas de pelo, pardas y patosas, buscan el vientre de su madre mientras ella y sus dos hermanos mayores devoran su almuerzo. Parece que la maldición que limitaba el número de supervivientes por camada se ha roto.

De nuevo ese pensamiento fangoso acude. Pensar que esta es la última comida que les veré disfrutar. La última vez que los veré, antes de encerrarme en el manicomio gris y contaminado al que me mudo. Y todo por culpa de este monstruo negro que carcome mi hígado y mi pulmón izquierdo, que me ha arrebatado la salud, el tiempo, el trabajo, y ha acabado por separarme de ella. Esta gata, que ha llenado mi melancolía con su ronroneo manso durante seis largos años, que me ha presentado a sus hijos, uno tras otro, sin dudar de que yo los acogería con todo mi cariño

¿Cómo podría consolarme? Los veo felices, satisfechos, despreocupados. Pero no puedo evitar pensar que cuando yo me marche, no quedará nadie que rellene el cuenco al mediodía. ¿Qué harán entonces?¿Pensarán que les he abandonado?¿Puede ella acaso entender las circunstancias?¿Que no todo en la vida son rosas y que a veces hay que hacer cosas en contra de nuestra voluntad? “Imposible” me repito mientras acaricio el lomo de los dos nuevos con una sonrisa. ¿Acaso no puedo hacerles ver que no es traición, sino fatalidad?¿Y si ella hubiera planeado criar a su nueva descendencia con mi ayuda y, tras toparse con mi ausencia, es incapaz de mantenerlos?

Maldita sea, jamás me lo perdonaría

Pero todo esto tiene ya poca importancia. La madre, más débil que sus hijos debido al reciente parto, ya empieza a manifestar los síntomas del cianuro que hoy he añadido al cuenco. Al poco, sus dos hijos mayores comienzan también a maullar y a retorcerse en el suelo, cada vez con menos fuerzas, desesperados y sin saber que su muerte es ya inevitable. Sin embargo, aún quedan las dos crías, con las que yo no había contado, y que han sobrevivido ya que aún se alimentan de leche materna. Llevármelos sería una imprudencia: sólo podría mantener a uno de ellos.

Entonces pienso en el pitbull del vecino, ese cuyo mal genio siempre he odiado y que cada mañana desde que su dueño se mudó a mi barrio, me despierta con ladridos a las nueve. Impregno a uno de los animalitos con el letal veneno y lo dejo caer graciosamente por encima de la verja de mi vecino. Rápidamente y ladrando como un loco, Don(así se llama el perro) se acerca a investigar, y en cuanto ve al pequeño gato pardo andando con dificultad por entre la hierba, le arranca la mitad superior del cuerpo de un mordisco. Me quedo disfrutando del festín que se da el can, y, más tarde, de su agonía, sufrimiento y muerte.

Ahora sí, con la conciencia ya más tranquila, subo a la furgoneta y emprendo el viaje hacia mi nuevo hogar.

 

Es cierto que ciertas personas tendemos a despertarnos a horas inciertas, extrañas, nocturnas en la mañana, sin motivo aparente y desconcertados. Los que pueden vuelven al dulce sueño; los que no, se ocupan en asuntos triviales y poco productivos que no requieran de una concentración y lucidez extremas.

Lo que desconocen es lo insensatos que llegan a ser cuando ignoran lo evidente.

Yo, ni vuelvo al sopor del que me despierto ni hago cosa alguna, pues sé que mi desvelo es el deseo de entes perversos y desequilibrados que quieren algo de mí, y por eso me han despertado. Esto suena ridículo si nunca has visto a alguno de ellos, pero cuando se han mostrado ante ti, es difícil negar su oscuro y perturbado capricho.

¿Y qué preciado tesoro buscan seres tan ambiguos en su existencia, tan llenos de maldiciones y tinieblas, que por él despiertan a un desgraciado insomne? La respuesta viene a los labios sin quererlo como un vómito nefasto: buscan terror, la esencia de la locura que sobreviene a una mente enferma, el miedo condensado en cada gota de sudor frío-o en cada lágrima que escapa de los ojos aterrorizados.

Por eso a veces se muestran, ya que su mera imagen paraliza cada fibra del cuerpo con un pánico fangoso, un veneno que deja los nervios en estado comatoso y da cabida sólo a sensaciones primitivas como el agobio o el miedo; intentarás apartar la mirada, cerrar los ojos, taparlos con tus manos, todo en vano, pues tus nervios estarán tan tensos y pulidos que se podrían tocar a modo de arpa. Las palabras se ahogarán en tu garganta rellena de una viscosidad corrupta, que apenas dejar pasar un fino hilo de aire pestilente que produce arcadas, mientras tu pecho comenzará a oprimirse sin remedio hasta el borde de la asfixia. Cada poro de tu piel exhalará el último aliento de cordura, mientras tus dedos se retorcerán como gusanos epilépticos rociados con aguafuerte. Todo tu cuerpo, en un trance doloroso y aterrador, vibrará en armonía con tus fobias más profundas y desconocidas.

Entonces llegará la invitada de honor: la locura; y de su mano una serie de pensamientos fugaces que traerán un pitido agudo y sordo a tus oídos y unos estremecimientos y unas convulsiones por encima de tus posibilidades. La tortura sensorial será la responsable directa del daño psicológico, y desearás la muerte más aún de lo que desearás perder la vista sólo por evitar la imagen de estos maestros de las artes más retorcidas. Una media sonrisa aparecerá, en contra de tu voluntad casi ahogada y pisoteada por el frenesí de barbaridades que procesas en tu mente,  en tu cara pálida y carente de toda vida, mientras las primeras gotas de rocío maligno y congelado empiezan a resbalar por tu frente.

Perderás el sentido, dejarás este mundo bajo la mirada burlona de unos entes demoníacos, con tus sentidos sometidos a toda clase de obscenidades insoportables. Cuando seas consciente de ti mismo, de tu situación, llegarán las lágrimas y los gritos desgarrados, que son una mezcla entre risa, llanto, y dolor. Cuando recuperes la movilidad, notarás como si unas tenazas que sujetasen cada uno de tus tendones se liberase.

Tu vida, durante unos instantes será un infierno. Será su juego.

Te mentirás y lo creerás una pesadilla, una locura, mas yo te advierto, insolente: Negar sus bromas es buscar la desesperación y la amargura en tu destino, del que son dueños.

 

Las noches reinaban con sus oscuras ánimas, en  los últimos meses, sobre la soledad de Santiago. Iván, acompañado de Luzbell y Ezequiel, paseaba bajo la sombra de la Luna mientras los oía discutir.

-Eh, Iván.-Dijo Ezequiel.-Dime que tengo razón y hago lo correcto, porque lo correcto es aquello que provoca el mal, ¿verdad?

-¡Já!-Reía Luzbell.-¿Y acaso entonces deberías rechazar las oportunidades que te brinda esta vida? Vamos, Iván. Sabes quién tiene razón.

Yo seguía ensimismado, pero respondí casi mecánicamente:

-La posibilidad de hacer el bien se presenta una vez al año; las de hacer el mal se presentan, en cambio, varias veces al día.-Suspiré.-Sería injusto hacer siempre caso a las oportunidades.

-¡Oh, vamos!-Dijo Luzbell.-Incluso cuando haces el bien, siempre hay alguien que sale perdiendo directa o indirectamente. Por ejemplo, si salvas a una señora de un incendio, le salvarías la vida, y al mismo tiempo la condenarías a no tener casa, o en su defecto, a embolsar todo su posible dinero existente en una nueva…¿Sería eso “justo”, Iván?

Pensé en el dilema. En efecto, la mujer se vería en la ruina. Pero sin duda no estaba bien dejarla morir.

-Verás, Iván.-Comenzó Ezequiel con su tono cordial.-No siempre será tan trágico. La familia o los amigos podrían ayudarla a recuperarse y evitarías el dolor sentimentales de estos últimos. La misericordia es una virtud, no un defecto.

-Pongamos que la vida que corre peligro es la de un enemigo. Alguien que te desea lo peor y te prefiere muerto o acabado. ¿Lo salvarías entonces?.-Luzbell parecía haberse olvidado de la señora.

Sin duda Ezequiel estaba en lo cierto, pero…mi enemigo…¿De veras lo salvaría?

-Eso sería lo correcto.-Sentenció Ezequiel.

-¿Ah, sí?.-Dijo Luzbell perplejo.-Me sorprende tu ingenuidad.

-Pero tendría que sentirme mal.-Respondí al hombre a mi derecha.

-¿Lo ves, demonio? Es un chico sensato.-Dijo Ezequiel.

Realmente no sabía si me sentiría mal. Realmente, no sabría que hacer.

-Quizás,  y es lo más probable, te lo agradecería y olvidaría el rencor.-Comentó Ezequiel.

-¡Sigues siendo ingenuo, amigo mío!.-Dijo Luzbell.-Así como lo salvases de las llamas podría él arrojarte a ellas sin dilación.

Ciertamente, nadie me aseguraba que un enemigo pudiese olvidad su odio.Todo era muy confuso. Nada era claro del todo…¿Qué sería lo correcto y qué sería lo más sensato?

-¡No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti mismo!.-Soltó Ezquiel como si se tratase de una ley de vida.

-¡Jajaja!-Rió Luzbell.-Me sorprende cada día más que sigas con vida.

-¿Acaso querrías que te dejasen morir abrasado?-Protestó Ezequiel

Empezaba a hartarme.

-Callaos.-Dije, solemne.

-Pero…-Comenzó Luzbell.

-Desapareced.-Dije severamente.

Y en una nube de polvo arremolinado me quedé slo, con tan sólo el aura lunar acompañando mis pasos.

…Nada queda ya por hacer.

Instantes delimitados por el estado de ánimo de la materia a mi alrededor se empezaban a convertir en eternidades, sin nada en mi mano para cambiar esa realidad. Pero fue que poco después de que este pensamiento aflorase en los confines de mi subconsciente(no estoy seguro de que mi parte consciente se encontrase activa) que en mi mano apareció un lápiz. Para qué quería yo un lápiz…no tenía dónde escribir. Así que lo que antes se pasó por mi dolorida cabeza fue lo que antes ejecuté: Arrojé el objeto con la mayor fuerza posible. Desapareció en la lejanía, y al momento reapareció en mis manos. Intenté razonar en aquel estado; si lo lanzaba de nuevo, probablemente volvería a mí. De modo que dibujé en la superficie sobre la que me encontraba suspendido. El resultado no pudo ser más decepcionante: la mina no dibujaba sobre aquel material. ¿Qué ser superior de mente macabra me otorgaría un objeto completamente inútil en mi situación?

Y yaciendo sobre el lecho de mi locura no tuve mayor idea que la de dibujar y plasmar, dejando mi marca para la posteridad, mis pensamientos en el aire. Para mi sorpresa(y puede que no mi agrado) pronto vi párrafos y dibujos que mi pensamiento iba creando. Pude apreciar entonces lo valiosa que es la información; pude saborear el placer y el dulce sabor del poder de aquel que es conocedor de infinitas disciplinas. Pude, en un sin fin de desbocados pensamientos que caían sobre mis labios como un torrente de aguas puras, ver cómo la sinestesia sensorial me invadía, pudiendo oler y oír aquello que mi visión debería haberme mostrado. Y fue entonces cuaando el unmbral cobró forma, los vértices tomaron sentido y volví a la realidad.

Y a mi alrededor sólo hallé, por desgracia, el demoledor puño de la verdad estrujando la esencia de mi esperanza y comprendí que queda por hacer más de lo que un millón de generaciones venideras podrían lograr. Pero antes, sólo deben regresar.

Mi despertar(suponiendo que fue de un estado de sueño del que salió mi mente, y no de un terrible trance amnésico) se dio a las once y media del día siguiente en la ducha del baño contiguo a mi habitación. Por si mi ubicación fuera poco desconcertante, más lo era aún el hecho de que el agua estuviese abierta, de modo que me encontraba empapado y casi al borde de una hipotermia cuando decidí salir de allí y arroparme con varias toallas. Mi confusión era rayana a una locura sin par, suma del horrible pandemónium de enfermizas sensaciones que la noche anterior me habían invadido y  de las condiciones en las que había recuperado mi consciencia aquella mañana. Tras unos minutos en los que traté de no perder los nervios recordando detalles del pasado episodio nocturno, me vestí y bajé a desayunar, ya que a pesar de mi falta de apetito en aquellos instantes, consideré que sería aconsejable reunir energías para trabajar el resto del día. En cuanto llegué a la cocina, el ama de llaves me sorprendió sirviéndome una taza de leche caliente. Antes de poder siquiera saludarla, me preguntó acerca de los sueños que había tenido la pasada noche, y también si había sufrido pesadillas. Su grave tono de voz y la expresión en su rostro, que vacilaba entre el miedo y la ira, hicieron que me quedase paralizado durante unos segundos, antes de acercarme a la mesa para sentarme y explicarle lo sucedido. Tras escucharme a mí mismo narrar los hechos, me sentí un idiota y supuse que no me creería, ya que por más que me esforzaba en transmitir seriedad en mi relato, aquello sonaba a un disparate salido de la imaginación de un niño inmaduro y asustadizo. Sin embargo, para mi sorpresa, la señora se mostró tan comprensiva como desolada al acabar mi historia. Inquirí acerca de esta repentina curiosidad sobre mis sueños, y resultó que al parecer, mientras ella iba a hacer la compra, había escuchado a varias personas del pueblo comentar lo horribles que habían sido sus noches debido a una serie de pesadillas que los habían acosado hasta el amanecer. También se comentaba que muchos de ellos habían aparecido en sus duchas, sentados bajo la lluvia de agua fría sin recordar cómo habían llegado a esta situación. Yo no le había comentado ese detalle a Concepción(así se llamaba la mujer) y un escalofrío escaló por mi dolorida columna al oír que otras personas había sufrido trastornos similares al mío. Aquello desafiaba cualquier explicación que un botánico como yo pudiera aportar para un comportamiento tan extraño, y pese a que me resistía a caer en las garras de la superstición, mi subconsciente patinaba sobre el resbaladizo y desequilibrado suelo de mi mente herida hacia ese miedo a lo desconocido y a lo sobrenatural que germina siendo nosotros unos críos y que crece a medida que sobrevienen episodios paranormales a lo largo de nuestra despreocupada vida. Ingerí mi desayuno con rapidez y subí de nuevo a mi habitación a por mi equipo de recogida de muestras. Mientras reunía el material, no pude evitar acordarme del aura ponzoñosa y umbría que la noche anterior desprendía mi bolsa de viaje, con lo que rebusqué en su interior hasta dar con la fuente de semejante céfiro maldito; aquella garra que había recogido en el bosque y que probablemente pertenecía al Dios-aberración.

Impulsado por una mezcla de miedo supersticioso y curiosidad, me dirigí hacia el horroroso monumento, sólo para corroborar lo que ya me temía: La pieza que yo había recogido encajaba a la perfección en la extremidad cercenada de la estatua. Sintiendo que no podía hacer otra cosa que dejarla allí, ya que carecía de un método para anexar de nuevo la garra, me dispuse a depositarla al pie de la obra, con la esperanza de que fuera suficiente para calmar la supuesta ira divina que había dado como fruto horribles pesadillas y comportamientos inexplicables. Pero mi asombro fue mayúsculo cuando, al colocar la pieza junto el pedestal, descubrí otro ejemplar de Urtica Aureus que probablemente había pasado por alto la vez anterior en la que había visitado la escultura. Me pareció raro, ya que mi trabajo me ha hecho desarrollar un sexto sentido para percibir detalles que a otros se le escaparían, pero decidí olvidarme del asunto y recoger el espécimen para trasplantarlo a mi cultivo personal.

El resto de la mañana transcurrió sin irregularidades, de modo que volví a la hora de comer a San Lorenzo habiendo recogido solamente el espécimen hallado al pie del ídolo. Concepción me había dejado la comida preparada y una nota que explicaba su ausencia. Por lo visto, le había surgido un imprevisto y había abandonado el lugar sin dilación, pero también aseguraba que volvería el día siguiente por la mañana. Había escasa comida preparada, lo justo como para comer, así que racioné el guiso de modo que pudiera tener algo que llevarme a la boca antes de irme a dormir. Tras el abundante banquete que escasamente consiguió saciar mi hambre, me retiré a mis aposentos, donde, tras haber plantado el brote amarillento, juzgué que sería adecuado descansar un rato. Tras una hora de sueño, decidí comenzar el examen de los brotes que había conseguido, comenzando por una descripción física ordinaria y terminando por una serie de experimentos y observaciones con el microscopio. Esta labor ocupó el resto de mi tarde, ya que me vi obligado a repetir ciertos experimentos debido a mi torpeza a la hora de manejar material de laboratorio, y vi terminado mi trabajo de investigación inicial cuando ya se ocultaba el Sol tras los montes de Gineas. Bajé a la cocina a devorar la porción que había reservado para la cena, y pude comprobar cuán lóbrega resultaba aquella casa al caer la noche. Al rematar el último bocado de mi pantagruélico festín, dejé la loza en el fregadero y emprendí mi viaje de regreso a la habitación. Sin embargo, ya de camino, y antes de subir las escaleras, mi vista se topó con una puerta que mi curiosidad optó por explorar. Una antigua armadura medieval impedía que se viera dicha puerta desde el ángulo de visión que uno tiene al subir por las escaleras, y quizás por eso no había reparado en la curiosa y exageradamente pequeña entrada; de hecho, su tamaño me obligó a encorvarme ligeramente para poder pasar por ella. Al otro lado se extendía un pasillo que terminaba en unas escaleras de piedra, que parecían torcer a la derecha en ángulo recto y estaban iluminadas por bombillas de luminosidad escasa. Avancé hasta las escaleras y  emprendí la bajada; cada cierto tiempo, el camino se torcía a la derecha bruscamente, y de cuando en vez salía al paso un ligero fragmento de pasillo antes de seguir bajando cuyo fin quedaba apenas iluminado, ya que la bombilla ubicada al final de dichos fragmentos, siempre se encontraba fundida, de modo que la iluminación provenía únicamente del foco situado al inicio. Otro detalle curioso era la abundancia de interruptores. Comprobé que dichos interruptores controlaban todas las luces de la escalera, lo cual, a mi parecer, carecía de total y absoluto sentido. Habiendo bajado ya los que debían de haber sido veinte pisos, decidí volver sobre mis pasos ante la creciente sensación de claustrofobia que me inspiraba aquel estrecho, húmedo y mal iluminado lugar, y pensé en bajar quizás otro día para averiguar qué se encontraba al final de aquella interminable bajada.

A partir de aquí, les pido que no abandonen la lectura aunque se sientan tentados por esa idea. Tan sólo puedo asegurar la veracidad de los hechos en este párrafo hasta el punto en que tras darme la vuelta y comenzar a subir llegué al pasillo superior. Tras relatar lo que sucedió después, me veré forzado a consumir una serie de calmantes para evitar caer presa de la histeria y el pánico.

Llegado a ese punto, creí sentir una presencia en mi espalda, con lo que me giré sólo para encontrarme con la húmeda y fría pared. Cuando volví la vista al frente, sin  haber pulsado yo interruptor alguno, se apagaron las luces, mas en el medio de aquella densa penumbra pude apreciar un ligero movimiento, antes inexistente, en la oscuridad del final del pasillo. El terror invadió mi cuerpo como un veneno rápido, haciendo que me paralizase ante la idea de que algo vivo se ocultaba en el otro extremo del corredor en el que me encontraba. Mas ese terror a algo desconocido y que no podemos imaginar es el regalo de la oscuridad, de la noche, que hace que sigamos con vida y que consigue que el ser humano pueda vivir en paz gracias al desconocimiento total de lo que teme. Pues cuando mi cuerpo, desobedeciendo las caóticas negativas que mi desgarrada mente enviaba a mis brazos, activó el interruptor de nuevo para descubrir la forma de lo que oía arrastrarse hacia mí con inexorable y pesado  avance, los finos hilos de cordura que mantenían mi consciencia atada a mi carne se cortaron. Desde el otro extremo del túnel la luz de la bombilla situada al principio del mismo me brindó una imagen, antes de caer yo desmayado, que me resulta difícil describir sin tener que recurrir a drogas que me mantengan alejado de la idea del suicidio. Aquella visión enfermiza e informe, de algo que me niego a creer que estuviera vivo; aquel horror reptante y pútrido que se movía de forma convulsiva e irregular hacia mi desvanecido cuerpo, abriendo y cerrando desacompasadamente sus incontables fauces; aquella mole corrupta de contorno y distribución descabellados; aquella pesadilla carnal de varios miembros de longitud imposible de definir acabados en diferentes tipos de garras y zarpas que se retorcían y agitaban frenéticamente como si alguna clase de terrible enfermedad nerviosa los afectara sin remedio. La mera percepción visual de  aquel insano ente de pura enfermedad y desgracia desataría la locura en el cerebro de cualquier persona, pero no fue eso lo que hace que aún ahora me estremezca y dude de mi raciocinio y mi integridad mental. Lo que aún me quita el sueño por las noches y hace que antes de dormir cierre la puerta con varios cerrojos, así como ha hecho que desarrolle fobia a los sitios iluminados, fue comprobar que aquella monstruosidad innominable tenía, justo encima de sus dos hileras de ojos, carente de expresión y con la mandíbula en una posición imposible, el rostro de Concepción.

No sé, ni quiero saber cómo salí de aquel lugar y desconozco por completo qué fue de aquella mujer, y mucho menos de aquel ser. Quiero pensar que hablar de ellos por separado es correcto. Sólo recuerdo el haberme despertado en mi ducha, de nuevo con el agua abierta, casi congelado y desnudo. Aún en estado de shock, me vestí, cogí las llaves del coche y me fui de aquel lugar dejando atrás mis investigaciones y los ejemplares de ortiga dorada. Nunca he vuelto a saber nada de aquella residencia, ni acerca de aquella extraña estatua que, por mucho que mi mente se niegue a reconocerlo, guardaba un parecido evidente con la criatura que me topé en aquel pasillo.

Aquellos que asocian los horrores indecibles y las espantosas aberraciones cósmicas que habitan más allá de nuestra sensibilidad al abrigo de la noche y su misterio infinito, así como a oscuras grutas y cavernas olvidadas, demuestran, por semejante asociación, una ignorancia comparable a la de aquel que tiene por más pesado un kilo de paja que uno de hierro. Pues he de decir, por experiencia que más adelante relataré, que ni mucho menos nuestra integridad-física o mental- está a salvo bajo la mirada del astro rey o a la luz de un par de bombillas.

 

El veinte de agosto partí hacia la que sería mi residencia durante las semanas siguientes: Una antigua casa rural ubicada en algún rincón perdido en medio de los montes de la región de Gineas, conocida principalmente por su deliciosa gastronomía. Jamás hubiera pensado en hospedarme en tan recóndito lugar de no ser porque mi trabajo lo requería; el principal objetivo de mi estancia en la Residencia San Lorenzo era el estudio de ciertas variedades botánicas características de los montes colindantes. En cuanto llegué, aprecié que el edificio en sí era una casa solariega de dos pisos, que no se elevaba más de siete u ocho metros sobre el suelo, exceptuando la torre del campanario, que era casi el doble de alta que el resto de la construcción. Mi habitación, situada al final del pasillo del segundo piso, era no muy grande y estaba amueblada básicamente por una cama estrecha y una mesita de noche, con una ventana que daba al jardín trasero del edificio, poblada de plantas de frambuesa y zarzamoras. Sin embargo, el escaso lujo de mi dormitorio se compensaba con una extensa biblioteca situada en el ala opuesta del edificio, que contaba con un escritorio bien dispuesto que podía utilizar para mis estudios. Pasé toda la tarde del mismo día en que arribé explorando las tierras que rodeaban el pazo y el pueblo más cercano. Las gentes eran ariscas, la mayoría muy mayores, por lo que me abstuve de entablar conversación con nadie.

Cuando volví a mi residencia ya anochecía, y comenzaba a soplar un viento gélido que se clavaba en la piel y llegaba hasta los huesos, de modo que una vez llegué a mi cuarto cerré a cal y canto la ventana, que estaba abierta de par en par, y me metí en la pequeña cama cubriéndome con varias mantas. El sueño me sorprendió mientras pensaba en una extraña estatua que había avistado en una zona apartada de camino al pueblo, que lejos de parecerse a los típicos crucifijos que abundan en tierras antaño controladas por la Iglesia Católica como lo eran éstas, semejaba una representación más bien tosca de lo que debió ser un Dios anterior incluso a la conquista romana, quizás celta o de épocas prehistóricas. La obra en sí mostraba una especie de amasijo de mandíbulas claramente humanas, garras, y ojos en la parte central dispuestos en dos hileras. No pude contar el número exacto de estos últimos, pero debían de rondar la decena; con todo, decidí que al día siguiente iría a examinar más exhaustivamente la pieza.

 

No me desperté en toda la noche; pensarán que esto no tiene nada de inusual, pero he de decirles que soy propenso al insomnio y que en raras ocasiones, la mayoría debido a agotamientos extremos, consigo dormir toda una noche sin interrupciones. Atribuí este fenómeno al hecho de estar lejos del ruido de la ciudad y de la agitación urbana, y me dispuse a comenzar un día de lo más productivo: Emplearía la mañana en ir a visitar la estatua y aprovecharía para buscar ejemplares de Urtica Aureus, una especie de ortiga muy peculiar debido a su color amarillento y conocida por tener un efecto sobre la piel humana bastante más fuerte que el de sus hermanas, llegando a producir hasta quemaduras.

 

Así pues, me dirigí hacia el pequeño monumento que había visto el día anterior y repasé los detalles a fondo: Había diferentes tipos de garras, ya que unas se correspondían con la complexión de una canina y otras, sin embargo, eran más similares a las del oso; conté un total de once ojos, seis en la fila superior y cinco en la inferior; y en cuanto a la forma del conjunto, sólo podré decir que no tenía una estructura geométrica corriente que yo pueda clasificar en este momento. He de decir que para la cantidad de años, décadas y siglos que ostentaba la escultura, se conservaba en muy buen estado, con excepción de una de las garras, que se habría desprendido años atrás y había desaparecido. Estaba a punto de irme cuando vislumbré en el pedestal de la estatua dos inscripciones. La primera , que debió ser la original, estaba escrita con unos caracteres que no pude reconocer, con lo que no pude saber qué significaba; sin embargo, la segunda, que parecía la traducción que más tarde se había incorporado con la llegada de los romanos, rezaba: “Claudatur in aeternum”. Mis escasos conocimientos en latín me servían para traducirlo: “Cerrado por siempre” o, probablemente, “Encerrado por siempre”. Resultaba bastante siniestro leer algo así al pie de tan horrenda obra, pero decidí dejarlo en un detalle curioso de aquella zona y comenzar mi investigación botánica. Tras un par de horas buscando especímenes sin éxito, opté por continuar por la tarde y volver a San Lorenzo a comer y a descansar. Le pregunté a mi casera acerca del extraño ídolo de piedra amorfo, pero sólo se limitó a decirme que era muy antiguo y que desagradaba a todo el mundo, mas por algún motivo nadie había sugerido nunca removerlo o trasladarlo. En parte era información obvia, pero bueno, me hizo pensar, en un instante de fabulación, que quizás el ídolo tuviera algo que ver con el humor de la población local.

 

Tras una comida abundante y una hora de reposo, me dispuse a seguir buscando ejemplares de ortiga dorada. Esta vez empecé buscando por un bosque no muy denso repleto de ortiga verde, lo que me llevó a pensar que quizás su compañera amarilla crecería por esa zona. Tres horas de búsqueda dieron finalmente sus frutos cuando encontré un brote de Urtica aureus y lo guardé en un pequeño tarro. Aún quedaban por lo menos 4 horas de luz, mas la emoción del descubrimiento me hizo volver, ansiando plantar este brote y estudiar sus propiedades. De vuelta me tropecé y caí sobre un lecho de ortigas verdes, lo que provocó que mis brazos y parte de mi cara me escocieran durante al menos media hora más. Pero el causante de mi caída atrajo mi atención de tal modo que casi se me olvidó por completo el picor. Había tropezado con una especie de pequeña garra pétrea, muy parecida a las que estaban esculpidas en la estatua del Dios sin forma. La tomé, en un principio con intención de comprobar si era aquella que le faltaba a la escultura, aunque esa idea se fuera disipando a medida que la pieza permanecía en mi posesión. Pasé las horas diarias restantes preparando un sustrato adecuado para mi ejemplar de ortiga, y cuando acabé, planté el brote y lo puse sobre el alféizar de la ventana, en una pequeña maceta. Misteriosamente, esa noche no soplaba el viento helado del día anterior, sino una brisa cálida y agradable, por lo que dejé la ventana abierta. Durante un momento me quedé observando la luna, pero pronto tuve que parar porque comenzaba a agobiarme el sentimiento de que la luz de la Luna era más densa que de costumbre. No soy un hombre supersticioso; nada más lejos, la ciencia  hizo de mí una mente rigurosamente adiestrada en el método científico, y sin embargo, puedo asegurarles que aquella noche los rayos lunares no se reflejaban en el estanque del recinto, sino que chapoteaban en la fangosa oscuridad de las aguas y bailaban una danza macabra de la que yo prefería no ser testigo, pero que no podía evitar sentir, así como no podía evitar notar cómo mi bolsa de viaje emitía una malignidad genuina y pura, sólo comparable a la de las hordas de los Infiernos comandadas por Satán. Y estando inmerso en un trance inducido por el baile lunar y  el aura terrorífica que sangraba mi bolsa, caí presa del sueño, o quizás de una Amnesia que duró hasta que el primer rayo de Sol entró por la ventana.

    Aún no dormido, si bien tampoco despierto del todo, me encontraba tumbado en una cama ajena, tratando de escuchar algo por encima del desagradable pitido que inundaba mis oídos. Mirando el techo, se me antojaba que era un cielo de nubes grises afiladas, a punto de derramarse sobre mí. “Ojalá”-pensé-”Así al menos eso rompería con este horroroso y contínuo pitar sordo”. A mi alrededor, las pertenencias de una niña pequeña llenaban los espacios sobre muebles y estantes.

         La luz del día comenzaba a entrar, aún tímida y fría, por la ventana , pero sin embargo la iluminación de la habitación era realmente escasa. Cuando me di cuenta, mi atención había patinado del sentido auditivo a la vista, y mientras mi mirada buscaba curiosidades con las que entretenerse(creedme, las habitaciones de los niños pequeños esconden surrealismo por todas partes) se topó con un antiguo reloj apoyado sobre una balda de una estanteria situada justo enfrente de mí. No le habría dedicado más de un minuto de atención de no ser por un detalle que, si bien ahora dudo de haberlo percibido, en su momento me pareció real, al menos tanto como la consciencia de que existo.

    Al principio no me percataba de lo que suscitaba esa sensación de error en mi mente; mi razonamiento, considerándolo sano, hacía saltar mis alarmas cuando pensaba en el aparato. Aguzé el oído y pude, por encima del estridente pitido que aún reverberaba en mis tímpanos, escuchar el “tic-tac” del mecanismo del objeto. Es extraño, puesto que yo nuca hubiera representado aquel sonido como “tic-tac”, sino más bien como un “tic-tic-clack”. El parecido con el sonido es lo de menos, digo esto meramente para hacer notar la naturaleza ternaria de aquel rítmico sonido que acostumbra a ser, por lo general, binario.

    Mas eso hubiera sido, como mucho, un detalle curioso en el que uno no puede recrearse más de un minuto o dos. Seguía escuchando (y a mi parecer, cada vez nás nítidamente) el movimientò de los engranajes, de eso estoy seguro, a pesar de que mi mente me lo niegue, aún siendo ella la que guarda esa impresión fatal. Pues estando yo inmerso en la contemplación del reloj, me percaté de que las manecillas-les pido que no abandonen aún la lectura-estaban por completo inmóviles. Hasta que asocié este hecho al de estar escuchado clara-y reitero- cada vez más más nítidamente el sonido de su motor, todo iba de maravilla. Bajo ciertas situaciones, uno comprende que el día que se nos concedió el don de la lógica y la correlación de ideas, fue el día en que el ser humano empezó a caminar por el camino equivocado. Un miedo infame e infundado se apoderó de mí, y pronto empezaron los sudores y los escalofrío. “Fácilmente”-me consolé-”podría haber otro reloj que no he visto, pero que funciona”. Pero, ¡qué consuelo es ese para una mente cuya consciencia propia le resulta dudosa, y que ante el golpeteo de un inofensivo reloj se encoje y retuerce! Hubiese mirado a mi alrededor para buscar la fuente real del sonido, pero no hubiera osado apartar ni un segundo la vista de aquel instrumento demoníaco. No podía soportarlo, el “tic-tic-clack” cada vez se hacía más y más fuerte, haciendo eco en mi cabeza y zarandeando mi cerebro, como si quisiera sacarme de mi cuerpo, más aún, como si me estuviese reclamando algo, un sacrificio, sangre…¡Sí! ¡sí! ¡era sangre lo que me exigía aquel demonio! Lo último que recuerdo después de aquel instante de enajenación fue un grito agudo e infantil mientras me incorporaba sobre la cama en la que me encontraba.

    El sol ya había asomado varios metros por encima del horizonte cuando, alertados probablemente por el grito, o quizás también por el sonido infernal (no estoy seguro de la existencia de cualquiera de ellos), los vecinos llamaron a la policía, que derribó la puerta de la antigua casa de mis tíos, donde había pasado la noche debido a las reformas llevadas a cabo en mi casa. En la habitación de su hija más pequeña me encontraron, tiritando y encogido contra un rincón, hurgando entre la maquinaria del vetusto artefacto, con los ojos desorbitados, las manos ensangrentadas y murmurando algo ininteligible. Cuando uno de ellos se acercó, preguntando acerca de lo que había sucedido, no pude darle más respuesta que ésta que, según los agentes, es lo que entre otras cosas les ha llevado a pensar que estoy loco: “No está bien…algo no está bien. Lo mejor sería que se llevasen este reloj, ¿saben? Él es el verdadero asesino, y no yo…miren cuánta sangre…sólo estaba pidiendo sangre…y le di lo que quería, porque, ¿saben? A veces hay que obedecer los caprichos de entes oscuros y mucho mayores de lo que ustedes, ignorantes, puedan imaginar…”

Y tras esto, uno de los agentes debió encontrar el cuerpo inanimado y desfigurado de mi prima, porque soltó un grito ahogado mientras su cara adoptaba una mueca de asco. Inmediatamente me esposaron y se apresuraron a internarme en este manicomio en el que ahora escribo, y han prohibido terminantemente informarme de la hora o hablarme de relojes, pues creen que tengo un trauma con los relojes que me hace perder la cabeza. Necios, no se dan cuenta de que, por mucho que ellos se nieguen a creerlo, sólo hizo falta saciar la sed de sangre de aquel instrumento para hacerlo funcionar, pues tan pronto vertí la sangre de la niña, las manecillas comenzaron a moverse.

En los oscuros rincones de los valles cercanos viven, ajenos al tiempo, distantes de la muerte, entes tan horribles como antiguos y eternos. Yo los he visto, ¡Qué digo ver! Los he creído sentir resbalando por mi cerebro, hurgando en mi mente por medio de mis sueños. Dudo que alguna vez haya realmente ido en mi consciencia a esos lugares, que realmente haya visitado la morada de esas monstruosidades.

Pero cuando los imagino, no tengo dudas de haberlos tenido ante mis ojos. El nivel de detalle es demasiado alto, incluso para un loco como yo, como para que sean producto de mi imaginación. Nunca descarto, ni renegaré de la idea de que fuera de mí, sin tener consciencia de ello, haya ido, bajo el umbral del sueño o el trance, a adorar a esas criaturas. La mera idea me repulsa, y engendra en mí, al mismo tiempo, un oscuro placer de saber más de lo que debería, así como un miedo irracional a este saber prohibido.

La locura, sin duda, ya no es ficticia, es algo tangible en mi insana mente. Es el precio a pagar por estas visiones y este terror. Cualquier día cederé al  miedo y me volaré la tapa de los sesos, no tengo problema en asimilarlo, pero mientras tanto, disfruto de los cuadros macabros e impensables cada noche, que coloco en la duda, en el límite entre el sueño y la realidad.

Esos últimos sueños…pesadillas, mejor dicho…empezaban a ser molestos. La casa, el gato, y aquellos rosales que siempre lo acababan devorando todo. Y al final, siempre, esa voz antigua, oscura, temible, hablando en idiomas que sólo los seres más ancestrales pueden recordar. Esa maraña de espinas que se alimentaba de algo mayor, algo malvado, algo consciente y con propósitos siniestros. Allí estaba otra vez, frente a la casa, aguardando a algo que lo llevase de allí. Faltan apenas 20 segundos. Sí, como siempre, y tras ese tiempo, el gato aparece en la ventana y mantienen un pulso con la mirada. Medio minuto más. Normalmente, en este tiempo las maléficas plantas comenzaban su avance imparable hacia un mundo invisible de terror. Pero esta vez no. Oyó la voz, furiosa, enojada, destructiva, mientras las rosas se marchitaban. Y de repente, un latigazo en el costado, tan doloroso como un hierro al rojo, golpéandolo fuera de él.

 

   Cuando volvió al mundo, el mundo real, ese lleno de cosas que podemos tocar, sentir, y en tanto, a las cuales somos vulnerables, se encontró con que llevaba ya más de media hora en la ducha, y el vapor cubría el espejo tornándolo blanco e inútil. Sezz cerró el grifo y se secó, como siempre, empezando por los tobillos, y siguiendo hacia arriba. Un momento, ¿Como siempre? No, hubo de hacer una pausa en su rutina cuando llegó a su costado derecho. Había notado un dolor punzante y sutil que le recorría la piel, casi como una descarga. Retiró la toalla casi en acto reflejo y observó. Había una espina clavada. Una espina pequeña y afilada, como la de una rosa, de un color negro, muy negro. Cuando acercó la mano para arrancarla le invadió el miedo al comprobar que la espina no era sino un dibujo sobre su piel desnuda, y que al tacto producía ese pinchazo incómodo. No podía quitarla, estaba como pintada, era parte de él. Decidió que su médico ya se encargaría de ella, y siguió como siempre, se vistió, y el roce con la camiseta le volvió a producir dolor. Bien, no iría a trabajar, iría a urgencias para que le mirasen esa cosa. Cogió el coche, y en cuanto tocó el volante, sintió el latigazo otra vez, y tuvo que encogerse. Esta vez, fuera lo que fuera había atacado su abdomen. Levantó la chaqueta y la camiseta y observó como desde el punto en el costado, había aparecido una línea  con espinas similares hasta su ombligo. Empezó a preocuparse de veras, así que encendió el coche y salió hacia el hospital lo más rápido que pudo.

 

   Apenas tuvo que esperar para que lo llamaran. Pasó a la consulta y esperó por el médico de turno. Tardaba en llegar, así que comenzó a ojear folletos y carteles informativos; estaba demasiado nervioso como para mantenerse quieto. Al cabo de un rato se abrió la puerta y un hombre de bata blanca entró por la puerta. Sezz, sin siquiera mediar palabra, se quitó la camiseta y extendió los brazos. Comenzó a explicarle el dolor, las punzadas, incluso sus sueños. El doctor sólo sonreía.

Sezz calló, y esperó, impaciente, una respuesta del anciano, que continuaba  impasible. Toda su impaciencia se volcó en su corazón, convertida en miedo, cuando éste abrió la boca. No gesticuló ni hizo ningún amago de pronunciar nada, pero Sezz pudo oír claramente esa voz, no sabía muy bien si sólo en su cabeza, haciendo eco. Una voz dormida en los eones del pasado, queriendo emerger, queriendo devorarlo todo, una fuerza primigenia y universal retorciéndose en la oscuridad. Primero sintió el miedo, luego sobrevino el pánico, y la voz le golpeó tan fuerte que perdió la consciencia.  La última imagen que guardó en su mente fue la cara desencajada de aquel hombre, con la boca abierta en un ángulo extraño, los ojos saliéndose de las órbitas y la lengua retorciéndose y, según le pareció, ardiendo.

 

   Se recuperó a lomos de un caballo, que avanzaba lentamente por una estepa que se asemejaba interminable. No había referencia, nada que sobresaliera sobre ese yermo paraje. Estaba confuso, le dolía la cabeza, y cuando se pasó la mano por el costado, sintió una ristra de punzadas que avanzaron más lejos de lo que él creía; hasta la rodilla derecha y el hombro izquierdo. Soltó un alarido y se quitó la camiseta impulsivamente, revelando una vez más su torso firme y musculado. Pero esta vez, la marca había avanzado desde el ombligo hasta la rodilla, pasando por la ingle, y hasta el hombro izquierdo, con una línea serpenteante, tal y como él se temía. Maldijo su suerte y espoleó al caballo, sin saber muy bien para qué, ya que no había horizonte en aquella vasta planicie iluminada por una luz difusa que provenía de un punto indefinido. Creyó quedarse dormido un par de veces mientras cabalgaba, y también creyó ver algún árbol, incluso le pareció ver una señal. No sabía cuanto tiempo había transcurrido desde que había llegado a aquel lugar, pero calculó que debieron ser horas, por lo menos. Bajó la mirada, cansado de mantenerse erguido, y pensó en bajar de su montura, pues empezaba a dolerle la espalda y el culo, cuando sintió una brisa fresca sobre su piel. En shock, alzó la vista para comprobar que estaba rodeado ahora por árboles y vegetación. Siguió avanzando, y la espesura del bosque disminuía, hasta que llegó a un campo abierto.  Todo le resultaba familiar

 

   De repente, el caballo comenzó a a galopar  sin control, avanzó unos metros y frenó en seco, arrojando a Sezz varios metros más adelante. Sezz aterrizó más suavemente de lo que esperaba y al mirar hacia atrás comprobó que el caballo se había desplomado. Aterrizó sobre su costado izquierdo, y agradeció a los Dioses no haber caído sobre alguna de las espinas. Sin embargo, cuando creía haberse librado del dolor, otro latigazo más auguró lo que ya sabía que pasaría: la línea siguió extendiéndose y ramificándose; de su hombro izquierdo llegó a su ojo y a su homóplato zurdos, mientras que desde la rodilla derecha llegaba al talón, enroscándose en su gemelo, y desde el ombligo trazaba una nueva línea al costado izquierdo. El dolor era inaguantable, le desgarraba, y Sezz rogó morir antes que seguir soportándolo. Cuando cesó, con cuidado, se sentó en la hierba, cansado, dolorido. Al mirar al frente, se le heló cada gota de sangre, y su flujo sanguíneo cesó su movimiento unos segundos. Aquella estampa.

 

  Frente a él, una casa, ruinosa y abandonada, a juzgar por el aspecto, con rosales misteriosamente cuidados a la derecha. No quería seguir allí, pero algo lo retenía. Era como contemplar su propia muerte, y recordó cada acontecimiento. El gato oscuro apareció en la ventana, clavando sus ojos en él, en sus marcas, que empezaron a escocerle como heridas abiertas rociadas con sal. Recordó el sueño y mantuvo la mirada del gato frente a la suya, tal y como le decían sus impulsos, como reteniendo la vista del animal. Al poco, el escozor desapareció, y el gato se deshizo en las sombras con un bufido. Cuarenta segundos. Pum pum, Pum pum; podía oír cada uno de sus latidos, que era respondido por aquellas zarzas malditas que marcaban su piel. De repente, un latido más fuerte sobrevino y le costó mantenerse sentado, pues sintió como las marcas drenaban sus fuerzas, como si echaran raíces en su alma. Miró a los rosales, y vió como florecían de capullos blancos como la nieve, rosas de un rojo sangriento y mortal. Se miró el torso, y vió como también rosas afloraban en algunos extremos que crecían en sus marcas. El sabor a sangre inundó su boca, y comenzó a oír la voz, burlona esta vez, clamando victoria. Vió como los rosales comenzaban su expansión, inexorables, ávidas de sangre con la que alimentarse. “No.”-Pensó Sezz-”Nunca”.

 

  Sin saber por qué, Sezz clavó sus dedos en el pecho, y se encogió ante un dolor que lo sobrepasaba, pero siguió adelante, gimiendo como un animal agonizante. Finalmente, palpó su corazón, y sin pensarlo, lo arrancó de su pecho, quitándose la vida, desangrándose sobre aquella mullida hierba. Antes de morir, pudo ver como las rosas se detenían, poco antes de llegar a él. Oyó la voz maldecir, aún sin saber lo que decía, gritar desesperada, con la rabia de aquel que sabe que va a ser condenado para siempre, de aquel que ha perdido el último tren. Sonrió, antes de expirar, con una frase en los labios: “No beberás mi sangre, maldito.”

 

   Sin embargo, aquellos rosales, perdidos en ninguna parte, nunca marchitaron, y su color rojo perduró, perdura, y perdurará para siempre en sus pétalos.