Hace ya tiempo que el hombre ha perdido de vista los valles.
Vaga, errático, por un mar de arena y bajo la abrasadora palma de la mano solar. Sus movimientos son mecánicos y automáticos; la vista, perdida en el infinito, no se esfuerza en enfocar algo, si acaso un arbusto, o bien la serpiente que ahora agita su cascabel, furiosa, mientras el hombre pasa por su lado.
Hace ya tiempo que no reflexiona sobre ninguno de sus movimientos.
Se mantiene vivo como puede, y ya no recuerda cuándo fue la última vez que soñó con escapar de aquella prisión árida y solitaria. Y sin embargo, esa última vez tuvo lugar hace apenas ocho horas. Como sea, prosigue, lentamente, imparable y titánico, su avance sin rumbo. A su alrededor, nada salvo dunas, en el mejor de los casos, o una extensión llana de muerte seca y desolación, las más veces.
Camina tan ensimismado que apenas advierte una silueta de contornos poco nítidos que desde hace unos minutos camina a su vera. No entabla conversación; para ser más precisos, ni siquiera procesa la posibilidad o la intención de dirigirse la figura.
-¿No te cansas de andar, hombre?-Pregunta la figura en un idioma arcano y olvidado.
No hay respuesta.
-¿Sabes? Yo puedo guiarte hacia verdes pastos; puedo invocar al manantial, o a la brisa fresca, o a la tierra húmeda y fértil que inunda los valles en los que fuiste nacido.
El hombre apenas hizo ademán de escucharle, mientras seguía su marcha pausada e inexorable.
-Apuesto a que estás sediento. ¿Por qué no vienes conmigo y te sacias en mi abundancia, que es infinita?
El hombre se detuvo tan sólo un momento. Apenas fueron unos milisegundos, el reflejo de una moneda que gira, pero destacó en su cadencioso paso como un neón sobre la oscuridad de un motel de carretera.
-¿No?¿Estás seguro?Pareces cansado. Puedes echarte en el mullido colchón verde de mis colinas y dejas que las briznas acaricien tu gastada pie, mientras te refrescas con el aire puro de mis bosques.
De nuevo pareció que el hombre dudaba de su propósito férreo de mantenerse en movimiento. Esta vez duró algo más, y su momentánea pausa hizo eco en el paisaje.
-Adelante, toma mi mano.-Dijo la figura tendiéndole la extremidad.
Al hacerlo, esta pareció difuminar aún más sus límites, hasta el punto de parecer totalmente vaporosa e irreal.
El hombre se detuvo.
Un silencio repentino partió en dos el cielo, que perdió su color por completo. Las arenas se removieron, inquietas, temerosas, huyendo de aquel ser al que veían, por primera vez en su existencia, inmóvil. El caos era tal, que el silencio y la quietud apenas dejaban percibir el intercambio de palabras.
-Vete.-Dijo el hombre, sin más.-O tú mismo te darás muerte.
Y, dicho esto, emprendió de nuevo su caminar.
-¿Acaso crees que te miento?
El hombre hizo caso omiso.
-¿No crees que ya has dejado atrás ya suficiente camino?¿Por qué no me acompañas al descanso de tu gloria? Juraría que hace ya mucho que has perdido el recuerdo de a dónde vas, o de dónde vienes.
El hombre, sin mediar palabra, se dirigió hacia la figura y le asestó un acerado puñetazo. El impacto sonó plúmbleo, pesado, como si acabara de ser derribado un gran monumento y toda su envergadura hiciese retumbar el pavimento. Los contornos de las figura se definieron de forma precisa, adoptando ésta el aspecto del hombre que acababa de golpearle.
-¿Cómo has podido tocarme?¿Qué has hecho?¿Dónde estoy?-Preguntó la copia, confusa.
-Tú te lo has buscado. Bienvenido a la realidad, chico. Nunca has vivido sino en este cruel paraje. Ahora has despertado, y nunca jamás podrás volver al letargo de tu felicidad.
-¡Pero qué has hecho!-Gritaba la copia.-¿¡Qué se supone que debo hacer ahora!?
-Puedes rendirte.-Dijo el hombre.-O caminar.